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Ecología 4T: un tren de regreso a los setenta

FRANCISCO BÁEZ RODRÍGUEZ. CRÓNICA.

Los signos se multiplican. El sargazo acumulado en las costas de Quintana Roo y los efectos de los incendios forestales sobre el Valle de México, cuyo aire se ha vuelto irrespirable, son sólo las más recientes evidencias de que nos movemos, con rapidez indeseada, a una cadena de crisis ligadas al manejo irresponsable de los recursos naturales.

La depredación del medio ambiente tiene costos cada vez más grandes. A como vamos, en el corto plazo estaremos gastando una cantidad creciente de dinero en resolver problemas creados por el propio modelo de desarrollo. Una parte de los recursos irá a mitigar los efectos dañinos en los ecosistemas; otra se destinará a paliar los efectos nocivos en la salud de las personas.

Hay cosas de las que nos debimos de haber dado cuenta hace mucho: el desarrollo de las sociedades implica conservar el capital natural y pensar en la sustentabilidad como mecanismo capaz de innovar y mejorar las economías.

En los años 70 esa discusión estaba en pañales. Las preocupaciones ecológicas eran vistas como visiones ajenas y hasta contrarias al desarrollo económico. La frase típica de respuesta a quien abogara por el desarrollo sustentable era (y cito a un querido condiscípulo, en una discusión de aquellos años): “Sí, está a toda madre el paisaje, con sus arbolitos y su agua limpia, pero detrás de ese paisaje está la miseria de muchos campesinos que, si no entran a la modernidad, seguirán muriendo de hambre”.

Con el tiempo se vio que la relación entre economía y sustentabilidad era otra, mucho más compleja, y que, usando las ciencias a nuestro favor, es posible pasar hacia economías menos ineficientes, más innovadoras y con justicia social.

Es evidente, sin embargo, que estas ideas no han permeado en realidad entre la población. Entre los que estamos más o menos informados existe una suerte de doblepensamiento al respecto: declaramos estar muy preocupados por el calentamiento global y el deterioro ecológico, y seguimos con los mismos patrones de producción y consumo, con algunos cambios simbólicos, como para aquietar a nuestras conciencias. Entre los demás, todavía existe la idea de que una nación crece, progresa y se embellece con cemento, fábricas y hartos automóviles y vías rápidas.

El anterior gobierno no se distinguió para nada en la promoción de un desarrollo sustentable. Su lógica, enraizada en las teorías económicas tradicionales, fue la de asignar precios incluso a la naturaleza y sus derivados. “El que contamina, paga”… y que siga contaminando.

Uno pensaría que, en lo que ha sido presentado como un nuevo modelo, las cosas podrían cambiar. Pero no.

Si atendemos algunos de los puntos centrales del proyecto de gobierno de López Obrador, veremos en pleno que hay una lógica extractivista. Está en sus megaproyectos: la construcción de la refinería de Dos Bocas, la termoeléctrica de Huexca, el Tren Maya y el que atravesará el Istmo de Tehuantepec. Está en el retorno al carbón, en la apuesta nacional por el petróleo y en el recorte total al impulso de las energías eólica y solar.

Lo que tenemos es continuidad, y eso se ve en el presupuesto. Dicen los expertos Julia Carabias y Enrique Provencio: “Los datos hablan solos: en el periodo 2015-2019 la reducción acumulada del presupuesto asignado a la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) fue de 61%, para la Comisión Nacional Forestal la caída fue de casi 70%, y en el caso de la Comisión Nacional del Agua el ajuste alcanzó 60%”.

Varios de los megaproyectos se saltarán los estudios de impacto ambiental. Ya se ha talado selva para hacer lugar a la refinería tabasqueña. Se contempla que los operadores turísticos tengan un papel fundamental en el Tren Maya, con resorts cercanos a las estaciones. Y la idea es que estos grandes esfuerzos de modernización a la antigüita rescaten a miles de mexicanos de esa parte del país de la situación de pobreza severa en la que se encuentran. Es el alegato de mi amigo hace más de 40 años.

Cuando, en 1967, nació la idea de desarrollo sustentable, la comisión encargada de Naciones Unidas lo definió como aquel “que satisfaga las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer las propias”.

Ha pasado una generación, y las generaciones de hoy ya están viendo que la capacidad para satisfacer sus propias necesidades ha sido comprometida por la necedad de las generaciones que las antecedieron. Los muchos problemas relacionados con el cambio climático y con malas prácticas, como el uso masivo de agroquímicos, así lo atestiguan.

Lo peor del caso es que, con la vista siempre en el corto plazo, se está apostando por un camino que generará más problemas de los que podrá resolver.

Y no, que me perdonen, pero la práctica agrícola de “roza, tumba y quema”, que tanto contribuye a la deforestación y que tantos incendios causa, no es parte de “la sabiduría indígena ancestral”.


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