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¿Indigenismo de cartón piedra?

FERNANDO BOLAÑOS. ANTROPOCENO. LA RAZÓN. 

Tras la ceremonia de toma de posesión en el Zócalo, donde AMLO recibió un supuesto “bastón de mando”, mi colega de la UAM, Jorge Javier Romero, difundió una foto del que fue Presidente de México entre 1970 y 1976, con sarape kitsch de grecas y acompañado de un danzante.

“Yo sí me acuerdo del  indigenismo de cartón piedra de Echeverría”, escribió Romero y agregó: “La entrega de bastones de mando ha sido parte de las puestas en escena del poder en México. Por cierto, no es un símbolo prehispánico. Es una tradición de los ayuntamientos castellanos trasladada a las repúblicas de indios en el siglo XVI”. La foto fue retomada por la senadora opositora de izquierda Cecilia Soto.

En estos días, algunos han llegado al extremo de afirmar que todas las tradiciones indígenas que subsisten son una construcción colonial. Pero, como explica Paula López Caballero en su libro Indígenas de la Nación (FCE, 2017), “la mayoría de las veces, la fundación de los pueblos coloniales no consistía sino en el reconocimiento legal de las unidades políticas y territoriales prehispánicas llamadas altépetl” y “la manera en la que los santos son conceptualizados y percibidos, los valores y las funciones que les son asignadas no son el resultado de la ortodoxia católica”.

Muchos huicholes siguen practicando una religión politeísta con sacrificios rituales. La tradición de los voladores de Papantla y de algunos pueblos de Centroamérica viene de muy lejos. Algunos antropólogos se refieren al Yo indígena por su comunalidad y por la creencia en entidades anímicas como tonas y nahuales. Yo he analizado cómo la poesía indígena contemporánea deja ver una subjetividad particular, por ejemplo por la referencia recurrente a animales compañeros. Pero es claro que no existe una lista de condiciones necesarias para ser indígena, sino un “aire de familia” (Wittgenstein) formado por rasgos frecuentes (lengua, territorio, genealogías familiares, custodia de áreas naturales, etcétera).

También los canadienses se ven confrontados a problemas políticos para definir a quebequenses y primeras naciones, a los que se les otorgan ciertos privilegios, comparados con otras minorías. Lo importante será que la política indigenista mexicana contribuya a la superación de la marginación de las comunidades autóctonas y proteja el patrimonio cultural que son en sí mismos los pueblos originarios. Pero parece inevitable que inicie una cierta guerra cultural, producto de la presencia de oportunistas pero también de autonombrados certificadores de indigeneidad (muchas veces coinciden), de neoindígenas “new age” y puristas sectarios, de liberales alérgicos al multiculturalismo junto a zapatistas en lucha por la autodeterminación, de científicos temerosos de que se legitime el pensamiento mágico frente a posmodernos que invoquen a la Pachamama, de antropólogos esencialistas contra historicistas. Esa guerra será sólo un mitote si no logra la justicia para el rarámuri defensor de los bosques y para el niño tzotzil que mendiga en las calles de la ciudad.

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