Se busca activar una suerte de dinamismo calificado, en el sentido de transformar estructuralmente la actividad económica regional de cada zona para relanzar sus vocaciones a un nivel más alto de productividad, competitividad, sofisticación y, en suma, valor agregado. Lo suficiente como para, efectivamente, dar pie a un desarrollo sostenido, sustentable e incluyente.

Es la vía de la reducción de la pobreza por medio del incremento de la capacidad de generar riqueza en cada región. El enfoque del cambio estructural: las economías cuya productividad se incrementa de manera sostenida, dando paso a un crecimiento más rápido y perdurable, transitando a actividades, productos, servicios y encadenamientos de mayor complejidad y valor.

En el balance general, el proceso de cambio estructural en México no ha sido favorable para el país en las últimas décadas. La productividad se expandió rápidamente entre 1950 y 1970, a una tasa anual de 4.1%, durante la etapa conocida como el Desarrollo Estabilizador. No es casual que dicho periodo haya coincidido con una masiva migración del campo a la ciudad, que llevó a un buen número de trabajadores de las actividades agrícolas a la industria manufacturera y al sector servicios. Sin embargo, después, el ritmo comenzó a reducirse, hasta tornarse negativo en la década de 1980.

Entre 1990 y el 2011 se observó una recomposición importante en las horas trabajadas, pero desde sectores con una productividad ascendente hacia otros donde el crecimiento de la eficiencia fue más lento. No obstante, la dinámica no ha sido pareja. La inercia o incluso retroceso se han acentuado en algunas regiones, sobre todo en el sur.

Así, desde 1980, el PIB per cápita de los estados de la frontera norte y el Bajío creció 51%, casi seis veces el ritmo en estados de menor desarrollo, como los del sur, donde tan sólo creció 9% durante este periodo.

Además, algunas regiones y estados han sufrido shocks que han agravado esa situación. Un caso reciente es el golpe que se padeció en el Golfo de México por la caída de los precios del petróleo, con efectos de verdadera depresión económica en algunas regiones, particularmente en Campeche y Tabasco. Los proyectos de ZEE en esos estados, en Seybaplaya, en el primer estado, y de Dos Bocas, en el segundo, se focalizan directamente esa problemática, desde un enfoque contracíclico, pero con una visión integral y de largo plazo. Justamente, de transformación estructural.

El caso de Tabasco es emblemático. Mientras que la actividad económica nacional se ha mantenido con una evolución positiva, a partir del 2014, con el desplome petrolero, se dio una caída abrupta de la actividad económica estatal, ya con una contracción de 2.8% en el tercer trimestre del 2015.

En tres años, el empleo creció 0.8%, cuando a nivel nacional fue de 10.7%; el desempleo llegó a acercarse a 6.8%, cuando la tasa nacional ronda 4 por ciento. Más aún, se perdieron plazas en los sectores de mayor productividad, precisamente los relacionados con el petróleo.

Ésa fue la razón de ser del Programa de Reactivación Económica y Desarrollo Productivo para los estados de Campeche y Tabasco, que diera a conocer el presidente de la República en mayo del 2016. Un eje central es promover la transformación productiva en el mediano y largo plazos, y precisamente para ello se dispuso adoptar el proyecto de las ZEE, sumándose a las cuatro primeras zonas que ya habían sido anunciadas.

La creación de la ZEE en Paraíso, sede del puerto de Dos Bocas, obedece a la necesidad de potenciar la modernización industrial y diversificación económica tabasqueña, históricamente dependiente del desempeño del sector petrolero (59.1% de su PIB). La baja diversificación corre paralela a un bajo dinamismo en otros rubros, haciendo de la entidad la novena menos compleja en su economía del país.

El puerto es el centro de abastecimiento natural para grandes proyectos petroleros de aguas profundas que toman forma, derivados de la reforma energética, pero también puerta de entrada y salida a los principales centros de producción y consumo de la región.

Para la identificación de los sectores con potencial de desarrollo en la ZEE de Tabasco, se realizó un estudio de mercado compuesto por un análisis cuantitativo y cualitativo. Con esa base, se concluyó la idoneidad de estimular subsectores de la agroindustria, como elaboración de azúcares, chocolates, dulces y similares y procesamiento de productos pecuarios, así como de industrias de las bebidas, de plástico y caucho.

Igualmente, la industria química, en productos básicos, pinturas, recubrimientos y adhesivos, así como jabones, limpiadores y preparaciones de tocador. También maquinaria y equipo, tanto los relacionados con el rubro alimentario y de bebidas, como aire acondicionado, calefacción y refrigeración industrial y comercial, metalmecánica y sector eléctrico-electrónico.

Existe un enorme potencial por las vocaciones y capacidades ya instaladas, por ejemplo, en la valorización de producción de plátano, cacao, papaya o cárnicos. El sector hidrocarburos puede y debe repuntar, pero hay que complementar con todas estas áreas de oportunidad, para relanzar el futuro del estado.

La coyuntura nos obliga a comprometernos con esta transformación estructural. El momento es decisivo. En esa dirección estamos trabajando, bajo la instrucción presidencial, el compromiso del mandatario encabezado por el gobernador Arturo Núñez y el enfoque transformador en materia de fomento que han asumido la Secretaría de Hacienda y Crédito Público desde el 2016 en conjunto con otras dependencias.

No podemos dejar pasar esta oportunidad inigualable de dar a Tabasco y al sur-sureste de México un nuevo perfil productivo y económico.

*Secretario ejecutivo de la Autoridad Federal para el Desarrollo de las ZEE.