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Abunda limón, pero reditúa poco

KÁLMÁN VEREBÉLYI. POR ESTO CAMPEHCE.

“El limón escasea en febrero y marzo”.

Este año vendimos la reja a 350 pesos, hace dos años el precio subió a más de 700.

El “Purux” importó limón de Italia para abaratar el producto.

No entiende que los productores de la ganancia de estos dos meses compran el fertilizante.

“No hay ganancia”, manifiesta Venancio Renal Santos.

TIKINMUL/CAYAL, Campeche. En el traspatio frutero de la capital campechana ya quedan pocos árboles de mango con fruto. Hay un poco de Tomi, algo de Ken, dos variedades que se distinguen por su gran tamaño. La diferencia es que mientras el primero tiene mucha fibra, el segundo, el Ken, es como la mantequilla que se derrite en la boca. La caja la venden a 60 pesos a “los coyotes”, principalmente a yucatecos porque campechano no va a buscar el mango hasta los huertos. De lo que ahora hay de sobra es el limón. La variedad persa. Su precio está deprimido. Una reja que lleva 25 kilos y cuesta 30 pesos a mayoreo en el Sáinz de Baranda lo venden a 60; a menudeo una bolsa que apenas si tiene un kilo, a 10 pesos.

Manuel Jesús Dzib Cahuich diariamente se levanta a las dos de la mañana. A las tres ya está en camino a Campeche. En la camioneta lleva mango, limón, calabaza. Manuel Jesús tiene su parcela de limón, una hectárea que produce entre 600 y 800 cajas de 25 kilos al año. El mango que tiene es de la misma superficie, con rendimiento similar. Su producción propia no llena la camioneta, le compra a otros a precio local para venderlo a mayoreo a 80 pesos en Campeche. “Hay que sacar para la gasolina”, dice como disculpándose.

Comenta que apenas terminando la temporada del mango, se dedicará a su milpa. “Son tres hectáreas de temporal. Sembraré a principios de julio. Es que en julio hay que sembrar, llueva o no”, expone. Manuel Jesús conoce el xo´ka´kin, la cabañuela, pero no cree mucho en ella. “La temporada de lluvias ya no se da como antes. Predecir el tiempo es casi imposible”, asegura.

“La tierra tiene humedad, pero no es suficiente”, declara Venancio Renal Santos. La lluvia ha sido dispersa, hubo donde era torrencial, en otras partes menos intenso, dice. “Cuando se regularice, para julio, se podrá sembrar. Yo me espero hasta el 20-25 de julio”. Venancio Renal siembra 10 hectáreas de maíz de temporal. Tiene una hectárea de maíz con riego que es para mazorca. Otra hectárea de riego la tiene con limón.

“El riego es caro. En el grupo que tiene el pozo no. 1 pagamos a 40 pesos la hora de riego. Al limón hay que echarle agua cada seis días durante 5-6 horas por ocasión para que rinda. Saca la cuenta”, dice, y empieza a enumerar los gastos: cuatro bultos de fertilizantes, a 850 pesos por bulto, la luz que salvo los meses de temporada de lluvias te cuesta más de mil, el maíz es más delicado, requiere más agua, se paga también más por la electricidad. Y ahora el limón está a 30 pesos la reja. “Sacamos alguna ganancia, pero es poca”, y con orgullo comenta que todo el trabajo lo hacen entre él y su hijo.

Venancio Renal Santos también se va de jornalero cuando se ofrece la oportunidad. “De los ranchos cercanos piden gente. Hace tres días fui con ocho para hacer una brecha. A ellos se les paga a 100 pesos el día. Es difícil para ellos. En las mañanas, antes de las seis ya hay cerca de jornaleros vendiendo su mano de obra. La mitad tiene un día, la otra mitad otro día. Falta trabajo, dice, y comenta que muchos de los ranchos cercanos han cerrado”, menciona.

Chencollí antes empleaba a 300 jornaleros, ahora no hay nadie, en Los Cedros antes había trabajo para varias decenas, hoy solo funciona el aserradero con tres personas. “No sé qué está pasando que la gente deja a sus ranchos. Vienen de otras partes, producen durante un año, y cierran. Dicen que fracasaron. Nos perjudica porque no hay dónde trabajar. El Biomaster, el de los pollos, emplea a mucha gente de Tikinmul, y por los apoyos que dan ya como 100 familias pudieron construir su casa. Casi no queda rancho dónde trabajar, sabemos de Santa Genoveva, pero está muy lejos”, comenta.

“El que tiene tierra, lo pasa más o menos, pero hasta los gobernantes nos perjudican. El limón escasea en los meses de febrero y marzo. Este año vendimos la reja a 350 pesos, hace dos años el precio subió a más de 700. ¿Y qué hizo Purux? Importó limón de Italia para abaratar el producto. No entiende que los productores de la ganancia de estos dos meses compran el fertilizante, pagar las deudas que tienen.

Luego el precio baja a 30 pesos la reja como ahora. No hay ganancia”, lamenta.

En Cayal la tónica es parecida. Los tres puestos de frutas junto a la carretera, sin embargo, hacen su agosto con los automovilistas. Sus precios son equiparables con las del mercado de Sáinz de Baranda. La única ventaja es que es más fresca, pero como son comerciantes, adquieren el producto de los huertos si en la parcela propia ya se acaba el mango.

Y mango hay de sobra. En las puertas de muchas casas las rejas llenas de mango esperan que llegue la camioneta de algún coyote yucateco. Guadalupe Chan Pantí, quien tiene cinco hectáreas de cítricos variados en varias parcelas comenta que el limón no sale porque la empacadora que exportaba el limón hasta Europa desde hace dos meses no recibe producto. “Dicen que el administrador anterior, algún licenciado, les dejó a los socios una deuda de 500 mil pesos. Ahora lo están buscando. Y los perjudicados somos nosotros”, comenta.

En la plática sale el nombre de Armando Toledo, un productor de mango que le hace la competencia a los de Cayal. “Toledo nos agandalló la deshidratadora. Ya tiene como 15 años. No sé cómo la gente rica siempre logra sus propósitos. Ahora están deshidratando piña”, dice Guadalupe Chan Pantí.

La plática es agradable en el pueblo, pero para ver la acción, hay que ir a los huertos. Cayal está rodeado de ellos. Hay ocho pozos, cada pozo de riego aglutina entre 28 y 46 socios. El más pequeño es de Guadalupe Pantí, el ocho. La número uno es la más numerosa, pero también la más antigua. Los equipos son relativamente jóvenes con una edad promedio de entre 10 y 15 años. “Son efectivas, regamos cada dos días las 60 hectáreas que tenemos con cítricos y pagamos 200 pesos mensuales, salvo temporada de lluvias cuando Chac se encarga de regar la tierra”, menciona.

Las terracerías que entrelazan los huertos comienzan donde termina la calle medio cubierta con asfalto.

Es donde vamos con don Pedro Efraín Chi Maas para cortar limón. Un saco es para su hijo que tiene un puesto en Campeche, la otra es regalo y llega hasta Campeche. “Don Pedro tiene 66 años, tienen tres hijos. Está orgulloso de ellos. Uno es abogado. Empezó la carrera cuando el porrista Rafael Alejandro Moreno Cárdenas dejó de ir a la Universidad Autónoma de Campeche”.

“Hemos vivido en paz hasta ahora, pero conociendo los antecedentes del que nos gobernará por seis años, no sé qué nos depara el futuro”, dice mientras agachado se mete por debajo del árbol para cortar los limones. Hay mucha. Un árbol da hasta dos cajas en una cosecha. Las flores ya están saliendo para la siguiente que va a ser en octubre. El limón no descansa, dice don Pedro.

Pasamos por su casa que se construyó sobre el casco de la vieja hacienda. Deja el saco de limón, llena con agua fresca su frasco. “Mi hijo ya debe tener sed, está cortando mango en otra parcela, dice. Allí vamos, es la terracería que está frente a la iglesia, en sentido opuesto.

Con su triciclo se acerca Jorge Gallegos. “Son cuatro rejas, me lo pagaron de adelantado en la mañana, ya debo hacer la entrega, dice y se aleja. Llegamos a la parcela de don Pedro. Una soga con una cubeta viene hacia debajo de lo alto del árbol. “Es mi hijo, José Juan Chi Poot”, dice. José Juan está a diez metros de altura. Sin otro seguro que su habilidad para treparse en los árboles.

Don Pedro, aunque asegura subirse a cualquier árbol, prefiere bajar el mango que está en las ramas exteriores con la bajadera. Un filo para cortar, y un cesto pequeño para que el mango no caiga de la altura. Alrededor del árbol hay mucho mango dañado, bastante maduro cuya cáscara estalló al chocar con la tierra.

“Estoy podando este árbol. Ya está muy alto y es peligroso. Va a retoñar, lo sé, no va a ser la primera vez desde que lo sembré hace 40 años”, dice y con mirada preocupada ve cómo su hijo se balancea en una rama no muy gruesa.

Es mango Kin, el mejor para don Pedro. No tiene fibra, tiene un sabor que a muchos les parece como el de la piña”, manifiesta, y levanta un mango maduro del pido, con el machete le hace un corte. El resto lo tira al piso. Aún hay mango en abundancia en Cayal. La temporada está por terminarse. “Para la semana que viene habrá de acabarse”, destaca.

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