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Árboles de conocimiento

SUE BURKE. LETRAS LIBRES.
Aunque los árboles tienen una inteligencia mayor de la que normalmente les reconocemos, podrían no estar listos para los cambios que tendrán que enfrentar como consecuencia de la crisis climática.

El pasado 2 diciembre, la Conferencia sobre Cambio Climático de la O.N.U., celebrada en Madrid, se inauguró con la denuncia de la crisis climática como una “guerra contra la naturaleza”. Pero los árboles siempre han estado en guerra, combatiendo por su supervivencia. Aunque las plantas pueden parecer pasivas en el ambiente, sienten sus entornos, toman decisiones y responden, hasta cierto punto, a las amenazas.

Cada otoño depara terribles peligros para las plantas. Aunque muchos árboles dejan caer sus hojas cada año, la decisión de cuándo exactamente hacerlo es muy delicada, como explica Peter Wohlleben, guardabosques alemán, en La vida secreta de los árboles. Si lo hacen demasiado pronto, pierden la oportunidad de almacenar comida para la próxima primavera; si lo hacen demasiado tarde, una temprana tormenta de nieve o hielo puede sobrecargar las hojas, romper ramas y ocasionar heridas fatales.

Si bien esta decisión podría parecer automática para un observador humano, cada árbol toma diferentes decisiones, lo que demuestra lo subjetivo que puede ser este evento. Wohlleben describe robles de 300 años que crecen lado a lado. Hay uno de que siempre se desprende de sus hojas antes que los demás. “Pareciera que el momento de tirar las hojas es en realidad una cuestión de carácter”, escribe. “El árbol de la derecha es un poco más ansioso que los otros, o para decirlo de manera más positiva, más sensible”. Los otros dos son más “osados”, afirma, y apuestan por un mejor tiempo.

Los árboles deciden el momento de actuar con base en la duración del día y la temperatura, lo cual pueden detectar con facilidad. El incremento en las temperaturas significa primavera; el descenso en las temperaturas representa el otoño. “Y lo que esto también demuestra”, añade Wollenben, “es que los árboles deben tener memoria”.

“Esto es bastante diferente de los memorias detalladas y repletas de emociones que nosotros recordamos cada día”, señala el biólogo Daniel Chamovitz en el libro Lo que las plantas saben. Pero las plantas emplean algunos de los mismos mecanismos que nosotros para rememorar acontecimientos. La epigenética es un medio importante por el cual las experiencias pasadas, como la tolerancia a climas fríos, se quedan con nosotros, y lo es también para las plantas. Los cambios en la epigenética afectan la manera en que los genes se expresan sin alterar el código de ADN subyacente. El ADN está envuelto en proteínas llamadas histonas, explica Chamovitz, y los acontecimientos pueden cambiar ciertas histonas, lo cual a su vez afecta los genes que se activan o desactivan. De esta manera, las plantas “recuerdan” cosas como climas malos y ataques de insectos. De hecho, no solo rememoran tensiones ambientales, sino que también pueden trasmitir estas memorias, dado que los cambios epigenéticos son hereditarios. Las semillas están preparadas para enfrentar los problemas que se encontraron sus antecesores.

Eso significa que pueden reconocer sequías y recordar formas de hacerles frente. Los árboles pueden prepararse para cerrar los poros (estomas) en sus hojas, o desarrollar menos estomas, a fin de limitar la pérdida de agua, y pueden estar listos para extraer más agua por medio de sus raíces. Con algo denominado adaptación somática, las puntas brotantes de las ramas pueden usar un fenotipo diferente –es decir, cambiar su forma física– para enfrentarse a las nuevas condiciones de crecimiento anticipadas. Esto permite a los árboles sobrevivir en una extensa gama de entornos. Los árboles, aunque los consideramos inertes y estáticos, pueden utilizar gradientes electroquímicos para moverse, como cuando una venus atrapamoscas se cierra si un insecto toca ciertos pelos en su trampa. Estos gradientes funcionan como señales eléctricas en nuestro sistema nervioso.

Pero en lugar de un sistema nervioso o cualquier fuente centralizada de toma de decisiones, las plantas tienen lo que el neurobiólogo de plantas Stefano Mancuso denomina “inteligencia colectiva” en El futuro es vegetal. Cada parte reacciona a cambios en su entorno, incluyendo cambios en partes adyacentes de su propio organismo, a semejanza de lo que sucede en una colonia de abejas. “Aunque no tengan nada similar a un cerebro central”, señala Mancuso, “las plantas exhiben atributos inconfundibles de inteligencia. Son capaces de percibir sus alrededores con mucha más sensibilidad que los animales”.

Chamovitz escribe, “la inteligencia es un término con carga emocional”, pero “las plantas están perfectamente conscientes del mundo a su alrededor”. Pueden percibir diferentes clases de luz, evaluar químicos en el aire, incluyendo aquellos emitidos por otras plantas, distinguir varias clases de contactos en sus hojas y localizar la fuerza de gravedad. “Además, las plantas están conscientes de su pasado”. No nos conocen como individuos, pero conocen su entorno, “y las personas forman parte de su entorno”.

Pero quizá no se percaten de la manera tan alarmante en que la parte humana de su entorno está alterando el resto. El invierno se presenta más tarde, la primavera llega antes, las tormentas ocurren de manera irregular y provocan más daños. Los veranos son más cálidos y las sequías se producen con mayor frecuencia y son más severas.

Los árboles saben cómo adaptarse, “pero hay un límite”, comenta Andrew Mathews, profesor de antropología ambiental en la Universidad de California en Santa Cruz. Su trabajo enfatiza la silvicultura y la sustentabilidad. En Europa, la última era de hielo terminó hace unos 12,000 años, lo cual constituye sólo 20 generaciones para los árboles, dice, de modo “los árboles adultos están de cualquier forma desincronizados” con el clima, pero ese no es su problema más inmediato.

“Los árboles no viven en el clima. Viven en el tiempo”, afirma, y pueden ajustarse varias veces en su vida para acoplarse de maneras que los animales no pueden, dejando caer sus hojas antes o después, cambiando la forma y la textura de sus hojas, alterando las estructuras de sus troncos o desarrollando raíces más profundas o más superficiales. Incluso pueden “migrar” a mejores zonas climáticas, enviando semillas que son cargadas por los vientos o los animales para brotar en áreas nuevas. Pero, ¿se pueden mover lo suficientemente rápido? Aunque lo hicieran, los nuevos hábitats están limitados. Los árboles en áreas montañosas pueden migrar a latitudes más elevadas conforme se incrementen las temperaturas, pero, aunque se movieran lo suficientemente rápido, pueden ser empujados ladera arriba “hasta que no tengan ningún lugar más al cual dirigirse y se extingan” en esa ubicación, afirma Mathews.

Incluso si las plantas logran adaptarse al cambio climático mediante la modificación de su ubicación o de su calendario, no están solas en sus biosferas. Las flores que pueden decidir brotar antes o después necesitan de polinizadores. ¿Las abejas, pájaros, mariposas, avispas, arañas y moscas se moverán junto con los árboles? Y si lo hicieran, ¿lo harán al mismo tiempo? Los científicos simplemente no lo saben.

Podemos debatir la definición de “inteligencia”, pero sabemos que los árboles pueden identificar y solucionar problemas de formas que nosotros no podemos. Recuerdan que la primavera se avecina y cuando llegue estarán listos para sentir el tiempo y tomar decisiones en respuesta. Pero lo que no saben es que sus decisiones se tornarán más críticas con cada estación y año que transcurra. Nuestras decisiones son igualmente críticas. Pero nosotros sabemos que podemos prever el futuro y los árboles, a pesar de su inteligencia, no pueden.

Este artículo es publicado gracias a una colaboración de Letras Libres con Future Tense, un proyecto de Slate, New America, y Arizona State University

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