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Campesinos sobreviven explotados y en la miseria

SAN QUINTÍN, BC.— Miles de campesinos sobreviven en condiciones infrahumanas en los campamentos temporales del poblado de San Quintín, donde a pesar de múltiples recomendaciones y quejas contra empresarios agrícolas y el gobierno por parte de organismos humanitarios, persisten las violaciones a los derechos más elementales.

El visitador de Grupos Vulnerables de la Procuraduría de Derechos Humanos de Baja California, Alberto Jiménez Bautista, atestigua que desde 2005 se envió una de las últimas recomendaciones a las autoridades, pero se ha avanzado muy poco, apenas una mejora de vivienda en algunos campamentos y la prohibición para el trabajo infantil.

Sin atención médica, con un precario acceso a la educación y carentes de servicios básicos, permanecen hacinados en galerones de lámina y piso de tierra, donde las inclemencias climatológicas se intensifican.

Hacinados y con calor

El calor de verano que absorben los techos y paredes dan la sensación de estar en un horno, y en invierno, el piso se hiela. La escasa ropa que visten niños, mujeres y hombres, donada por agrupaciones religiosas estadounidenses, es insuficiente.

Ni siquiera las camas sin colchón y armadas con tablas sobre cuatro botes de plástico sirven de refugio.

Sin energía eléctrica, las noches sin luna son la preocupación de los menores, que por temor a la oscuridad, hacen sus necesidades fisiológicas casi frente a las casas.

En el campamento Francisco Villa vive Inés Ríos Ruiz, oaxaqueña de 38 años, que aprovecha su día de descanso para lavar la ropa utilizando la menor cantidad de agua posible, pues cada semana el patrón apenas provee a cada familia con uno o dos tambos de 200 litros.

La mujer sostiene que los 100 pesos diarios de salario son insuficientes para buscar otro lugar para vivir, pues cuando recibe su pago semanal debe entregarlo casi completo a la tienda de abarrotes que le fía los comestibles y otros artículos necesarios.

Sin embargo, admite, las condiciones de vida en San Quintín son mejores que en Oaxaca, porque allá el trabajo del campo escasea y no tendrían el apoyo de agrupaciones estadounidenses, aunque sea esporádico.

Rezago escolar

Cuando esta mujer trabaja, sus hijos de cuatro y seis años la esperan solos en la casa o la calle, mientras sus hermanos mayores están en la escuela. Hace unos meses no tenía ese problema, porque los pequeños asistían como oyentes al primer grado.

“La maestra los corrió porque están chicos”, lamentó y agregó que el preescolar, obligatorio en todo el país, no existe aquí. Su hija mayor, de 17 años, no tuvo oportunidad de ir a la telesecundaria, porque queda lejos y su aportación económica urgía a la familia, así que ya es jornalera.

A manera de justificación, el maestro de quinto y sexto de primaria, Emmanuel Godínez Velasco, explica que son muchos los rezagos que enfrentan, además de que a cada profesor se le asignan dos grupos de distinto nivel.

Los rigores del clima se padecen en las aulas de lámina. El material escolar es poco y el aprendizaje lento, porque los niños sufren desnutrición, aunque intenta ayudar con desayunos escolares, que constan de jugo, leche y cereal.

La higiene de los menores es inexistente, a veces duran un mes con la misma ropa y lo peor es cuando las condiciones repercuten en su salud.

Sus planes, ser pandillero

Moisés de Jesús, quien a sus 13 años estudia el sexto de primaria, tiene otros planes. Sabe que deberá ir al campo, pero lo que más le ilusiona es ingresar a una de las pandillas de su comunidad “para ganarles a los morros de la Lázaro Cárdenas”, dice en alusión a la delegación aledaña.

Amada Salazar tiene 18 años y es madre de dos niños de dos y tres años. Es ejemplo de cómo las historias se reproducen y ya vive las mismas dificultades que sufrieron sus padres.

Trabaja en la siembra de pepino junto con su esposo y describe las faenas como duras y mal pagadas, pues por cada cubeta de producto que coseche recibe dos pesos, o un pago equivalente por enredar las plantas llenas de espinas.

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Campesinos sobreviven explotados y en la miseria

SAN QUINTÍN, BC.— Miles de campesinos sobreviven en condiciones infrahumanas en los campamentos temporales del poblado de San Quintín, donde a pesar de múltiples recomendaciones y quejas contra empresarios agrícolas y el gobierno por parte de organismos humanitarios, persisten las violaciones a los derechos más elementales.

El visitador de Grupos Vulnerables de la Procuraduría de Derechos Humanos de Baja California, Alberto Jiménez Bautista, atestigua que desde 2005 se envió una de las últimas recomendaciones a las autoridades, pero se ha avanzado muy poco, apenas una mejora de vivienda en algunos campamentos y la prohibición para el trabajo infantil.

Sin atención médica, con un precario acceso a la educación y carentes de servicios básicos, permanecen hacinados en galerones de lámina y piso de tierra, donde las inclemencias climatológicas se intensifican.

Hacinados y con calor

El calor de verano que absorben los techos y paredes dan la sensación de estar en un horno, y en invierno, el piso se hiela. La escasa ropa que visten niños, mujeres y hombres, donada por agrupaciones religiosas estadounidenses, es insuficiente.

Ni siquiera las camas sin colchón y armadas con tablas sobre cuatro botes de plástico sirven de refugio.

Sin energía eléctrica, las noches sin luna son la preocupación de los menores, que por temor a la oscuridad, hacen sus necesidades fisiológicas casi frente a las casas.

En el campamento Francisco Villa vive Inés Ríos Ruiz, oaxaqueña de 38 años, que aprovecha su día de descanso para lavar la ropa utilizando la menor cantidad de agua posible, pues cada semana el patrón apenas provee a cada familia con uno o dos tambos de 200 litros.

La mujer sostiene que los 100 pesos diarios de salario son insuficientes para buscar otro lugar para vivir, pues cuando recibe su pago semanal debe entregarlo casi completo a la tienda de abarrotes que le fía los comestibles y otros artículos necesarios.

Sin embargo, admite, las condiciones de vida en San Quintín son mejores que en Oaxaca, porque allá el trabajo del campo escasea y no tendrían el apoyo de agrupaciones estadounidenses, aunque sea esporádico.

Rezago escolar

Cuando esta mujer trabaja, sus hijos de cuatro y seis años la esperan solos en la casa o la calle, mientras sus hermanos mayores están en la escuela. Hace unos meses no tenía ese problema, porque los pequeños asistían como oyentes al primer grado.

“La maestra los corrió porque están chicos”, lamentó y agregó que el preescolar, obligatorio en todo el país, no existe aquí. Su hija mayor, de 17 años, no tuvo oportunidad de ir a la telesecundaria, porque queda lejos y su aportación económica urgía a la familia, así que ya es jornalera.

A manera de justificación, el maestro de quinto y sexto de primaria, Emmanuel Godínez Velasco, explica que son muchos los rezagos que enfrentan, además de que a cada profesor se le asignan dos grupos de distinto nivel.

Los rigores del clima se padecen en las aulas de lámina. El material escolar es poco y el aprendizaje lento, porque los niños sufren desnutrición, aunque intenta ayudar con desayunos escolares, que constan de jugo, leche y cereal.

La higiene de los menores es inexistente, a veces duran un mes con la misma ropa y lo peor es cuando las condiciones repercuten en su salud.

Sus planes, ser pandillero

Moisés de Jesús, quien a sus 13 años estudia el sexto de primaria, tiene otros planes. Sabe que deberá ir al campo, pero lo que más le ilusiona es ingresar a una de las pandillas de su comunidad “para ganarles a los morros de la Lázaro Cárdenas”, dice en alusión a la delegación aledaña.

Amada Salazar tiene 18 años y es madre de dos niños de dos y tres años. Es ejemplo de cómo las historias se reproducen y ya vive las mismas dificultades que sufrieron sus padres.

Trabaja en la siembra de pepino junto con su esposo y describe las faenas como duras y mal pagadas, pues por cada cubeta de producto que coseche recibe dos pesos, o un pago equivalente por enredar las plantas llenas de espinas.

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