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miércoles , 20 octubre 2021
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La historia es narrada de forma oral por familias. FOTO: JAFET TERRAZAS.

El guajolote, un ícono para tulancinguenses

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ALEJANDRA SOTO. EL SOL DE HIDALGO.

TULANCINGO, Hidalgo. No existe en la ciudad, un solo tulancinguense que no haya invitado a algún amigo, conocido, compañero de trabajo o visitante a probar un guajolote y deleitarse con su exquisito sabor, y como no hacerlo, si no hay nada más representativo para un oriundo del valle de Tulancingo que un “guajolote”; pero cuidado con hablar mal de ellos frente a un tulancinguense, porque no hay nada que pueda ofender más que un mal comentario para este delicioso platillo.

La historia de este tan respetado platillo es narrada de forma oral, pues no existe algún documento oficial que constante de manera formal que lo que se sabe del origen del guajolote es real, pero como tulancinguenses no dudamos de esto.

Cuenta la leyenda y es la versión que la mayoría de las mujeres guajoloteras de la ciudad manejan, es que unos ingenieros que vinieron a instalar la electricidad a nuestra ciudad un 24 de diciembre, estaban lejos de sus casas, se encontraban con hambre y frío, vieron un lugar donde podrían encontrar que comer y se acercaron a un puesto de los portales, cerca de donde hoy es la “fayuca”.

La dueña ya no tenía casi nada que darles, así que les ofreció hacerles algo diferente con lo poco que tenía; torta, frijoles, tortillas, salsa, lechuga y queso. Los ingenieros quedaron fascinados con la maravilla que habían degustado, a manera de broma dijeron que era su pavo o su guajolote, de ahí surgió el nombre para el platillo típico de la ciudad. No falta quien ubica su origen en Santiago Tulantepec o en Cuautepec, pero finalmente la historia oral lo pone por el momento como oriundo de Tulancingo.

La electricidad se introdujo a Tulancingo en el año de 1900, con el alumbrado público del jardín de “La Floresta”, con ese dato podríamos decir que el guajolote nació hace casi 121 años, aunque comenzó a conocerse hasta hace unas siete décadas. El guajolote nació de forma humilde, su grandeza se fue demostrando poco a poco con el paso de los años, como todo lo que tiene su comienzo en el pueblo. Costó muchos años, para que se comiera fuera de las colonias populares o ingresa a la carta de los restaurantes de la región.

Después de 121 años de su llegada, los guajolotes pasaron por cientos de transformaciones, bueno, no tan radicales como para perder su esencia, en realidad los cambios son del relleno de estos, el original no llevaba contenido, pero con el paso de los años, hemos ido experimentando con ellos; los tradicionales son de queso, salchicha, jamón, huevo y tinga. Actualmente es una infinidad de diferentes guisos y carnes de las que rellenan los amados “pavos”, los hay de todo lo habido y por haber. Hay de pierna, chicharrón, carnitas, pastor, bistec, suadero, tripa, tuétano, arrachera, puntas norteñas, pancita, sesos, moreliana, vegetarianos, molleja en distintas presentaciones, carne enchilada, de sincronizada, entre otros.

Lugares para comer alguna de estas obras de arte hay muchísimos y para todos los gustos. En todos lados se encuentran y es muy común degustar este antojito mexicano en una cafetería o en las cooperativas de las escuelas de la región sin importar el nivel de estudios, los guajolotes son parte del ADN de Tulancingo Los guajolotes, forman parte de la cultura de los ciudadanos de Tulancingo, han fungido como la cita ideal para muchos de los matrimonios forjados actualmente, los encuentros románticos se deban acompañados por estos, y un auténtico sabor a garnacha, situación que no ha cambiado, pues para las generaciones es tan normal ir por un guajolote en las primeras citas, como para los atletas salir a correr.

Tal es el caso de la señora Robe, quien recuerda que hace 40 años su esposo la invitaba por guajolotes para poder conquistarla, y lleva más de 35 años viviendo y sustentando su familia con ellos. Algunas ciudades aledañas a Tulancingo han querido llevar este gran alimento a sus pobladores, como lo es la capital del estado, pero lo cierto es que cada ciudad tiene lo suyo, Pachuca tiene sus pastes, Tulancingo a los guajolotes. En agosto del 2010 se estableció el récord Guinness y el premio Ripley, con el “guajolote más grande del mundo”. El guajolote de 30.5 metros de largo, pesó 660 kg. y se utilizaron para su preparación más de 4,000 enchiladas. Cada año, en el mes de diciembre se realizaba el festival del guajolote en el jardín de la “Floresta” del centro de la ciudad, festival que se ha visto suspendido por la pandemia.

 

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