De acuerdo con lo que sostiene José Yuste, el próximo secretario de Agricultura, Víctor Villalobos, ha planteado un plan estratégico para cuatro cultivos clave y la leche.

En un ambicioso programa, se trata de producir maíz, frijol, arroz y trigo harinero, sustituir importaciones de estos granos y reactivar a los pequeños productores de menos de tres hectáreas. El plan es recobrar la soberanía de granos, en particular del maíz, del que somos país originario, y capitalizar a los pequeños campesinos. No les da miedo regresar a una política bien definida, enfocada al pequeño productor, pero donde sí haya precios de garantía. Nos recuerdan que los precios son la señal, así como los pequeños cafetaleros de Colombia o cualquier otro cultivo, necesitan de un precio base, porque no pueden competir con el libre mercado que necesita de gran escala. Además, en los países africanos que los han aplicado, se ha disminuido sustanciosamente la pobreza y la desigualdad, fantasmas del capitalismo del siglo XXI. Los coyotes abusan de los pequeños productores; se trataría de una contrapartida.

En particular, quieren centrarse en el maíz, donde México es el país originario. Contamos con 36 razas del grano. Somos la cultura del maíz y tanto estamos perdiendo su diversidad originaria como la misma producción, en una inercia que lleva más de 40 años, al menos desde el delamadrismo.

Por ello, buscarán que los pequeños campesinos produzcan maíz gourmet, sí, ése por el cual los chefs se pelean para llevarlo a sus platillos, y donde el precio se eleva dramáticamente. Esta propuesta quizá es un tanto romántica, pero el resto del programa luce realista.

¿Esto es un regreso al pasado, según se pregunta Yuste, a las épocas echeverristas y de reforma agraria? No necesariamente. De acuerdo con Gabriel Zaid, hay sitio para los dos.

La política agropecuaria de mercado, altamente competitiva, se mantiene estimulando a los grandes productores, los que exportan en el TLCAN, donde hemos tenido éxito (aguacate, tomates, berries, limones y mango), para los cuales se seguirán políticas para facilitar su producción y venta, pero no se les darán precios de garantía porque no los necesitan. Ni tampoco se les facilitará el fertilizante subsidiado. La suerte de éstos reside en qué se negoció finalmente en el acuerdo comercial México-Estados Unidos, a lo que hay que añadir la política ultraproteccionista de Donald Trump.

Los grandes productores, de hecho, reciben subsidios como el Procampo, además de un subsidio indirecto al fomentarse el transporte hacia la frontera, o sea, que no se trata de algo utópico. Se trataría, además, del primer experimento económico distributista de AMLO. Curiosamente, las grandes transformaciones económicas, empezando por China, comenzaron en la agricultura. Se lograría volver a poblar el campo. El empresario campirano suele tener más valores que los que vivimos en la ciudad, como puso de relieve G. K. Chesterton, uno de los creadores del distributismo, a principios del siglo pasado y desde un ámbito medioambiental, propone Schumacher en el libro que todos los economistas deberían volver a leer Lo pequeño es hermoso.

Veremos si funciona este experimento, que puede convertirse en el motor del cambio económico que propone AMLO. Si funciona, las alternativas y esperanza para el próximo sexenio serían muy prometedoras.

*Máster y doctor en Derecho de la Competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del área de competencia, protección de datos y consumidores del despacho Jalife& Caballero.