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Esnobismos y exotismos alimentarios

LILIANA MARTÍNEZ LOMELÍ. EL ECONOMISTA.

Las diferencias culturales siempre tienen una interpretación en función de quién las observa.

En las interpretaciones sobre las maneras de comer están los ojos de un observador, quien a su vez deduce las diferencias culturales como esnobismos o exotismos.

La alimentación y la comida, en general, son uno de los temas constantemente presentes en la forma en la que las personas entendemos el mundo. La alimentación goza de mucha popularidad en un mundo donde la hiperinformación y las maneras de comunicarnos hacen que tal vez ciertos platillos o ingredientes, que antes nos parecían desconocidos, hoy puedan estar a nuestro alcance, si no en nuestro paladar, por lo menos en las noticias y fotografías que consumimos diariamente.

Uno de los grandes temas recurrentes en redes sociales, con encabezados que atraen a un sinnúmero de lectores, es la enunciación que apela a lo sorprendente, fortuito o exótico de la comida o de las maneras de comer en otras latitudes del mundo. De la misma manera con la que podemos asombrarnos con la diferencia, o con lo desconocido, las personas interpretamos también las diferencias en la cultura alimentaria como esnobismos o, en el caso contrario, con condescendencia.

Por ejemplo, los choques entre estadounidenses y franceses en cuestiones de cultura alimentaria hacen que entre los estadounidenses prevalezca el prejuicio de que los franceses son esnobs en cuestiones de comida cuando, por ejemplo, pedir un corte de carne bien cocido o salsa cátsup para acompañar las papas a la francesa son cuestiones impensables para un francés. Por el lado contrario, los franceses toman estas diferencias culturales con los estadounidenses como signos de poca sofisticación. En ambas partes, son las diferencias culturales que siempre tienen una interpretación en función de quién las observa.

Este mismo fenómeno sucede, por ejemplo, cuando ciertas cocinas nacionales son vistas con superioridad con respecto a otras cocinas que por cuestiones geopolíticas, económicas e históricas no gozan de la misma presencia o influencia global como la difusión que pudieran tener cocinas que se han propagado por el mundo como la cocina mexicana, francesa, italiana, china o japonesa, que sin duda gozan de más presencia en otras latitudes que la cocina malaya, por poner un ejemplo. No quiere decir, sin embargo, que sus diferencias las hagan mejores o peores, sino que en la historia de sus procesos, técnicas y productos se tejen relaciones complejas que datan de siglos.

Indudablemente, todo el poderío socio-histórico para que ciertos rasgos de la cultura alimentaria de un país o de sus platillos sea considerado como algo sofisticado no radica en lo material de la comida, sino en todos los procesos que hacen que para un grupo de personas eso sea considerado como sofisticado y lo utilicen a su favor. Por ejemplo, en ciertos sectores de personas de diferentes países decir cocina francesa es sinónimo de una comida elaborada y sofisticada cuando, en realidad, como en todas las cocinas nacionales, algunos de los platillos icónicos de esta cocina, como la sopa de cebolla, tienen su origen en los estratos más populares.

Para algunos otros, el choque cultural viene cuando encontramos tacos hechos con tortilla de Doritos o con queso amarillo, o cuando un italiano encuentra que las pastas en un restaurante gringo están ahogadas en crema, queso y pollo. La próxima vez que juzguemos con ojos de exótico, esnobista o poco sofisticado, recordemos que cada uno de nosotros ve estos fenómenos a través de esos anteojos que nos da nuestra cultura de origen.

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