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Ganadería insostenible

GABRIEL QUADRI DE LA TORRE. EL ECONOMISTA.

La ganadería de reses es tal vez la actividad económica de mayor impacto ecológico y climático en el planeta; por tanto, también lo es el consumo de carne de vacuno. El informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) divulgado la semana pasada así lo sugiere. La ganadería de reses acapara por pastoreo cerca de 40% de todas las tierras emergidas no cubiertas de hielo en el mundo; si a ello le añadimos las superficies agrícolas destinadas a la producción de forrajes, la cifra puede llegar a 50 por ciento. Ningún otro sector económico o actividad humana se le compara. La ganadería, junto con la agricultura, es responsable de más de 23% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero que causan el calentamiento global, y de cerca de 20 millones de hectáreas anuales —más que la superficie de Uruguay— destruidas de bosques tropicales (los ecosistemas más diversos, ricos y productivos que existen) para ampliar la frontera agropecuaria. En América Latina, la agricultura y la ganadería explican más de 95% de la deforestación, particularmente en la Amazonia, en Centroamérica y en México. Jair Bolsonaro ha empujado la deforestación amazónica, y despedido al director de la Agencia Espacial Brasileña por publicar las tasas crecientes de destrucción del bosque tropical en esa región (él dice que “tiene otros datos”). En México, el gobierno ha lanzado un absurdo programa clientelar de subsidios a la ganadería y a plantaciones, así como precios de garantía que acelerarán la deforestación, y ha desmantelado a las instituciones de regulación y vigilancia ambiental (también, aquí, el presidente tiene “otros datos”). Es el delirio populista.

Como lo señala el IPCC en su reporte, tal estado de cosas es insostenible. Sin un cambio en los hábitos de consumo y cultura alimenticia en la humanidad, será imposible contener el calentamiento global y salvar al planeta y a la biodiversidad. Es aún más urgente, en la medida en que en el mundo se reduce la pobreza y un mayor número de personas puede acceder a la carne de res; también, dado el cambio en los patrones de consumo en favor de cárnicos y lácteos, y el aumento persistente en la población mundial.

Hoy somos 7,500 millones de humanos, hacia mediados del siglo seremos más de 10,000 millones. Se requiere de políticas explícitas para desincentivar el consumo de carne de res, y para sustituirlo por otras opciones con similar capacidad nutricional. Igualmente, es indispensable apoyar el desarrollo de sustitutos a la carne de res, que ya despuntan en el mercado; por ejemplo, nuevos productos de origen vegetal que tienen la apariencia, la consistencia, sabor y olor similar a la carne (Beyond Meat), o bien, carne producida a partir de células madre a través de procesos bioquímicos, y de manipulación genética. Cada uno de nosotros puede iniciar el cambio indispensable, si reducimos, por lo pronto, de manera significativa nuestra ingesta de carne de res. Pueden ayudar mucho las consideraciones humanitarias referidas al inaceptable sufrimiento animal que conlleva la muerte atroz de vacunos en cruentos rastros y mataderos.

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