miércoles , 21 octubre 2020
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Seguridad alimentaria y calidad nutricional; Colima es un paraíso tropical con las condiciones climatológicas para tener hortalizas, verduras, frutas y plantas medicinales incluso en las azoteas: Paul Nevin Bordes.

Huertos familiares deben ser una prioridad en la nueva normalidad

WILLIAM VALDEZ VERDUZCO. EL NOTICIERO.

La nueva normalidad es una oportunidad histórica para que más familias opten por una nutrición de calidad a través de los huertos urbanos, los cuales están cada vez más al alcance de todos, siendo una herramienta que si se fomenta entre sociedad, empresas y gobiernos, puede garantizar la seguridad alimentaria ante cualquier adversidad económica, incrementando además la salud integral colectiva.

En un metro cuadrado, es posible mantener la producción de todas las hortalizas que necesita la dieta promedio de un adulto, ponderó en entrevista para El Noticiero, el permacultor Paul Henry Nevin Bordes, diseñador del programa Núcleos de Resiliencia Alimentaria, quien junto con los activistas Diana Laura Vizcaíno Martínez, Ángel Manuel Olavarría Sánchez y Karina Isabel Haro Lozano, han instalado más de 30 proyectos familiares en los últimos 3 meses, entre camas de cultivo, muros y techos verdes, así como sistemas de captación pluvial, sin cobrarle a la gente la mano de obra ni la capacitación técnica.

“El proyecto nació en la segunda semana de marzo, al origen de la cuarentena, a raíz de una charla con la diputada Blanca Livier Rodríguez Osorio sobre las perspectivas de a dónde va esto, cuánto durará la pandemia, así que le propuse empezar a ofrecer pequeños núcleos que permitieran a las familias llevar alimento de calidad a sus mesas. Le pareció muy bien y para que fuera masivo, fue idea de ella cubrir la mano de obra, nosotros la capacitación y la gente los materiales; entonces hubo una donación por parte de ella a nuestra asociación para poder echarlo a andar”.

COLIMA, PARAÍSO TROPICAL

Colima es un paraíso tropical con las condiciones climatológicas para tener hortalizas, verduras, frutas y plantas medicinales en casa, incluso en las azoteas. Hay que recordar las anécdotas de nuestros abuelos y bisabuelos, cuya infancia estuvo marcada por la abundancia de mangos, guayabas, ciruelas, guanábanas, papayas, plátanos, naranjas, mandarinas y demás alimentos orgánicos que, según la temporada, podían degustar del árbol a la boca, disfrutando de aquella fuerte tradición de huertas de traspatio que predominaba en nuestra entidad.

“Precisamente, hubo un gobernador que ordenó que todo el arbolado urbano fuera frutal y la gente hoy sigue bajando mangos, guamúchiles, cocos y la tan famosa tuba, de los camellones. Esta tradición hay que rescatarla porque es un patrimonio local, una herencia de esta tierra; es la vocación de Colima. Después del puerto de Manzanillo, la vocación de Colima es ser un paraíso tropical turístico porque la orografía es increíble: a 30 minutos tenemos cascadas, ríos; bosques de pino y encino a 1 hora, la playa a 45 minutos. Esa diversidad climática tan completa permite cultivar nuestros propios alimentos, tradiciones de las que tenemos que estar plenamente orgullosos y que requieren de una reinyección de vitalidad. Son hábitos que estamos a tiempo de recuperar; somos la generación donde o se olvida, o se rescata”.

85% de desechos en Colima no debería ir al basurero

Entre el 85 y 95 porciento de los desechos que se generan diariamente en Colima, Villa de Álvarez, Minatitlán, Comala, Coquimatlán y Cuauhtémoc, no deberían ir al basurero por tratarse de residuos orgánicos compostables e inorgánicos reciclables, declaró en entrevista para El Noticiero, Diana Laura Vizcaíno Martínez, ingeniera ambiental colaboradora del programa Núcleos de Resiliencia Alimentaria.

Residuos compostables y reciclables de 6 municipios; usamos un simple vertedero al aire libre que no tiene normas ambientales, capas de membranas ni sistemas sanitarios: Diana Laura Vizcaíno Martínez.

Ponderó que el 30% de la basura es orgánica, la cual se tira en bolsas plásticas agravando la crisis climática, cuando se podría convertir en tierra viva para nutrir huertos familiares, reduciendo así el volumen de viajes que realizan los camiones recolectores y su respectivo impacto energético por el gasto de combustible.

A eso hay que agregarle todos los materiales inorgánicos con potencial de reciclarse y comercializarse, como el PET (tereftalato de polietileno) y el HDPE (polietileno de alta densidad), entre otros, los cuales al no valorarse terminan en el erróneamente llamado relleno sanitario.

“Mientras otros países compran basura para generar su electricidad, aquí la aventamos a un hoyo. La prueba más grande de la urgencia de cultura ecológica, es el basurero intermunicipal, el cual es sólo un vertedero al aire libre, sin normas ambientales, capas de membranas ni sistemas sanitarios, contaminando directamente a la tierra y al aire, algo nocivo para la salud de todos los ciudadanos”.

La también especialista en control y prevención de la contaminación, enfatizó que una de las grandes bondades de tener un huerto familiar, es la gran educación ambiental que se genera en el proceso, empezando por aprender a separar nuestros desechos, sabiendo diferenciar entre basura y residuo, “pues el papel, el cartón, el aluminio y el vidrio, no son basura”.

Involucrar a los niños en un huerto familiar, es una manera maravillosa de lidiar con el confinamiento pandémico. “Es un proceso educativo, demostrativo, para quitarnos la idea de que no lo podemos hacer; ahorita que no podemos salir, es perfecto para hacer estos cambios en casa y contribuir con algo que te puede redituar integralmente”.

Por último, recordó que la ciudadanía tiene la oportunidad histórica de tener seguridad alimentaria y calidad nutricional con un huerto familiar, cubriendo sólo los materiales para su instalación, sin pagar la mano de obra ni la capacitación técnica. Lo más costoso que puede resultar el huerto personal de un metro cuadrado, son 950 pesos, cifra que puede reducirse hasta 40% en caso de no requerir madera, por ejemplo, o según las condiciones del lugar; lo que representa una inversión al alcance de las familias, en contraste con los 3 mil o hasta 5 mil pesos que puede costar en el mercado hortícola.

Las camas de cultivo pueden estar bordeadas con diversos materiales como ladrillos, piedras o madera, recubriendo esta última con tetrapak, “un material que actualmente en México no se recicla y termina en un relleno sanitario o en un tiradero; en cambio, al forrar las tablas con esas cuatro capas de polietileno, aluminio y cartón, nos permiten elevar hasta 9 años su vida útil, evitando el uso de aceites con metales pesados, los cuales son tóxicos para las plantas y la salud”.

Instalación masiva de huertos familiares desplomaría a la pobreza

Una familia urbana en situación de pobreza, gasta hasta el 80% de sus ingresos en alimentos, por lo que si los gobiernos le apostaran a la instalación masiva de huertos, los niveles de precariedad en Colima y en nuestro país se desplomarían tajantemente. En entrevista para El Noticiero, el ingeniero Ángel Manuel Olavarría Sánchez, colaborador del programa Núcleos de Resiliencia Alimentaria, ponderó que las autoridades ejecutivas y legislativas de los tres niveles podrían hacer más para impulsar estas iniciativas, creando programas e involucrando a las decenas de asociaciones civiles que existen en la materia.

Colonias marginadas podrían crear redes de intercambio de alimentos orgánicos, erradicando el hambre: Ángel Manuel Olavarría Sánchez. Foto: Especial.

“Un programa como el de Sembrando Vida, pero con personalidad propia para llegar no sólo a lo rural, sino que le permitiera a las urbes tener al alcance alimentos orgánicos con cultivos propios, sería una herramienta para reducir en pocos meses la pobreza en cualquier entidad del país, siendo además una oportunidad para que la gente tome conciencia sobre la calidad de su alimentación, desde evitar el consumo de grasas baratas y azúcares, hasta frenar en la agricultura el uso de químicos nocivos y erradicar la explotación laboral infantil”.

Si bien la pobreza es una situación en la cual no es posible satisfacer las necesidades físicas y psicológicas básicas de una persona, ​por falta de recursos como la alimentación, la vivienda, la asistencia sanitaria, el agua potable, la electricidad o la educación; apostarle los gobiernos a los huertos urbanos provocaría seguridad alimentaria y calidad nutricional, pues las frutas y las hortalizas son las fuentes naturales que tienen mayor abundancia de micronutrientes. Además, sería una actividad que podría emplear a los jóvenes en colonias marginadas y reducir de esa manera fenómenos como las adicciones y la delincuencia derivada.

El 30.9% de los colimenses viven en situación de precariedad, según cifras oficiales del 2018; es decir, 235 mil 600 personas, una cifra que inminentemente se elevará tras el impacto de la pandemia; por lo tanto, los huertos familiares resultan una estrategia gubernamental oportuna para erradicar a corto y mediano plazo el hambre crítica en la población vulnerable.

Ejemplificó que en su caso como activistas, “si tuviéramos acceso a más recursos públicos, podríamos tener varias cuadrillas de ayudantes para abarcar más procesos, como el acopio de materiales reciclados que, en su momento, permitirían darle más opciones a las familias que no pueden costear una cama de cultivo de madera”.

Por último, explicó que cultivar en familia ofrece la ventaja de enfrentar la falta de recursos ante el confinamiento tras la pérdida de empleos, más aún cuando en una colonia hay cuatro o cinco vecinos con huertos, los cuales pueden crear una red de intercambio de alimentos.

“Si una semana cosechaste 5 lechugas, no te las vas a comer todas, entonces puedes intercambiar algunas por berenjenas, jitomates, rábanos, apio, cilantro y papas del vecino, por ejemplo, y generar una sinergia comunitaria convirtiéndose en productores y consumidores de insumos orgánicos. Este es el momento de ponernos creativos, innovar y que cada quién ponga de su parte”.

Escuelas deberían implementar huertos educativos

Si desde la educación básica los alumnos tuvieran una materia oficial donde en su plantel pudieran tener su propio huerto, no sólo se cultivaría ese conocimiento en las nuevas generaciones, sino que además se lograrían los insumos necesarios para su propia alimentación, con altos niveles de calidad nutricional en los centros educativos. En entrevista para El Noticiero, Karina Isabel Haro Lozano, futura ingeniera en desarrollo agroforestal y colaboradora del programa Núcleos de Resiliencia Alimentaria, ponderó que estamos frente a una oportunidad histórica para que la nueva normalidad se adapte a la realidad ambiental que vive nuestro planeta.

Generarían los insumos orgánicos para su propia alimentación de calidad, aminorando el consumo de productos chatarra, logrando reducir la obesidad: Karina Isabel Haro Lozano. | Foto: Especial

El consumo de alimentos chatarra, popular en la juventud y en las zonas urbanas, es responsable del aumento de la obesidad y el sobrepeso, detonadores de enfermedades crónicas que vulneran al ser humano, por lo que hizo un llamado a las autoridades federales y estatales a actuar a favor de la seguridad alimentaria a través de la conciencia ecológica para crear educación ambiental.

Exaltó que en la medida en que la sociedad utilice más huertos, habrá una mayor reconexión con los alimentos. “Simplemente vamos a la tienda o al mercado y compramos, pero no sabemos ni de dónde viene, ni cómo ha crecido ese fruto, en ocasiones ni siquiera qué aspecto tiene su planta o árbol. Tener un huerto te ayuda a conectarte más con lo que consumes a diario, porque así conoces cómo crece desde la semilla. Es de gran valor aleccionador para los niños y jóvenes, porque como padres y docentes les estás enseñando a cuidar de otro ser vivo, con la satisfacción de que lo que consumes hoy, lo has visto crecer y tú mismo lo has cultivado, en contraste con las prácticas agroindustriales donde se produce hasta que el suelo ya no aguanta más”.

ACCIÓN INDIVIDUAL Y EXIGENCIA COLECTIVA 

Por su parte, Paul Henry Nevin Bordes, diseñador de dicho programa y también fundador de la Red de Huertos Comunitarios del Estado de Colima, dejó claro que la gran apuesta de los huertos urbanos debe iniciar en núcleos familiares, en traspatios o azoteas particulares y en centros educativos, mas no en espacios públicos al aire libre, ya que el compromiso de la gente es totalmente distinto.

Relató que en 2016, diseñó un proyecto que fue seleccionado por el Programa Nacional para la Prevención Social de la Violencia y la Delincuencia, el cual fue implementado en Manzanillo, Colima y Villa de Álvarez. Se hicieron 10 huertos comunitarios, dándose en cada uno 8 semanas de capacitación intensiva en agroecología a los vecinos de los terrenos públicos gestionados para hacer los cultivos.

Capacitaron a más de 130 personas en total y se entregaron estos huertos a los responsables de cada colonia; sin embargo, narró que fue triste ver cómo uno a uno, en los últimos cuatro años, se fueron abandonando, saqueando e incluso cercando. Narró el caso del Barrio 2 del Valle de las Garzas, en Manzanillo, donde a un vecino cuya vivienda colindaba con el huerto comunitario, se le ocurrió poner malla ciclónica y convertirlo en su jardín privado. “Las vecinas molestas se nos acercaron, intentamos gestionar la queja ante las autoridades pero nada se pudo hacer, porque resultó ser un marino retirado, casado con una jefa de barrio, que terminó gozando de impunidad por parte del ayuntamiento. Entonces, muchos temas en el espacio público son todavía muy dolorosos, hay una falta de comprensión del potencial social de este proyecto; nos falta como ciudadanos comprender que cuidar lo de todos, es cuidarnos todos y entre todos”.

De los 10 huertos solo queda uno en Punta Chica, Manzanillo, y eso porque las personas que están a cargo son señoras grandes, aguerridas, que siguen cuidándolo, día y tarde trabajando con los jóvenes del lugar –expresó–, por ello en este momento apostamos a la iniciativa ciudadana para que la gente cuide lo que tiene en sus hogares.

Por último, el también maestro en Arquitectura, Diseño y Construcción Sostenible por la Universidad del Medio Ambiente, sentenció que está en manos de los ciudadanos impulsar este tipo de proyectos a través de la acción individual y de la exigencia colectiva, más en estos tiempos de campañas políticas donde los representantes populares deben asumir y priorizar la voluntad social.

 

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