Destacan entre los insectos los odonatos (libélulas y caballitos del diablo), ortópteros (saltamontes y grillos), lepidópteros (mariposas y polillas), dípteros (moscas y mosquitos), coleópteros (escarabajos y mariquitas), e himenópteros (abejas, avispas y hormigas). Todos ellos se están colapsando. Los humanos empujamos a la extinción a millones de especies a través de la destrucción de hábitat y de ecosistemas vía la deforestación provocada por la agricultura y la ganadería, y del exterminio directo por plaguicidas y otros agroquímicos.

La revista Science publicó la semana anterior un estudio avalado por 30 científicos especializados de diversos países en donde se plantea el peligro enorme que representa la desaparición de insectos por las razones señaladas, las cuales son agudizadas por el calentamiento global. Es increíble lo poco que sabemos aun sobre la biodiversidad; sólo entre 10 y 20% de las especies de insectos y otros invertebrados han sido nombradas y apenas descritas, a pesar de que los insectos pueden representar casi 90% de todas las formas de vida en el planeta. En este contexto, la pérdida es existencial, no sólo por sus consecuencias ecológicas sino por la desaparición de datos biológicos esenciales para aquilatar la complejidad de la vida en el mundo, así como de genes y substancias que potencialmente podrían contribuir a combatir enfermedades y a ofrecer recursos invaluables para el desarrollo de las sociedades humanas.

Contener y revertir el derrumbe en las poblaciones de insectos implica cambios culturales, así como nuevas políticas agropecuarias, de conservación, y de mitigación del cambio climático. Tenemos que aprender a convivir con ellos, respetar y admirar a los insectos. Es preciso prohibir plaguicidas poco selectivos, y poner un freno definitivo a la deforestación. Los instrumentos están a la mano y abarcan desde normas oficiales hasta pagos por servicios ambientales, además, claro, del establecimiento de muchos más parques nacionales y reservas de la biósfera, así como de corredores biológicos.

En las ciudades es preciso aplicar políticas de áreas verdes (parques, camellones, aceras, jardines privados) que promuevan plantas nativas con flores, al igual que árboles frutales. Debemos terminar con la poda indiscriminada de árboles (salvo en casos de riesgo), y erradicar esa costumbre de pésimo gusto de mutilar y torturar árboles dándoles formas grotescas que impiden su pleno desarrollo. Es indispensable permitir la acumulación de hojas y otro material vegetal en los suelos de los parques y jardines, y en lo posible darles un aspecto y estructura lo más cercana a un espacio natural. Todos podemos contribuir.