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La alimentación mundial espera más de México

Puede llevar décadas formar a las nuevas generaciones de campesinos por el camino de la ciencia agrícola

La confirmación de que México y Estados Unidos mantendrán el comercio agrícola intocable, es decir, con aranceles en cero y las exportaciones fluidas a lo largo del año, no como pretendía el presidente Trump (sólo cuando en su país no hubiera cosechas), es otro llamado de atención sobre un potencial que no despega hacia su máxima capacidad.

Los estadounidenses necesitan de la agricultura mexicana, y no sólo ellos: en 2017 la producción del país alcanzó 286 millones de toneladas como un reflejo del superávit que lo colocó como la décima potencia exportadora de alimentos a 98 países.

Estas exitosas cifras -que continuarán su tendencia- tendrían un sabor más dulce si no fuera porque al otro lado de la cuerda que jala a México hacia el primer lugar mundial en las ventas de cerveza, aguacate, tequila y jitomate, también hay un campesinado semianalfabeta, sumergido en viejas técnicas de siembra, producción y cosecha que recuerdan más al medioevo que al siglo XXI.

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Todavía es común, por ejemplo, que los agricultores paseen santos, vírgenes y cristos por sus cultivos con la esperanza de que algún milagro divino mande algunas gotas de agua que no pueden conseguir por canales de riego porque estos se rompieron o nunca han existido.

Amén de la dependencia de los cultivos de temporal; la falta de producción de semillas, insecticidas y fertilizantes cuyo control se encuentra en manos de las trasnacionales; la ignorancia en el tema de la biotecnología, la ciencia agrícola y los negocios tienen al 80% de los agricultores del país lejos del lugar que deberían ocupar para coronar al país como el rey de los alimentos del mundo.

México tiene todo para lograrlo: tierra, climas diversos y capital humano. Uno de cada 20 mexicanos está dedicado a la producción de alimentos, principalmente en la agricultura, que bien podrían ayudar al combate de la insuficiencia alimentaria internacional que tanto preocupa.

Pocos países tienen tanto arraigo a la tierra como los mexicanos: las escuelas de agricultura del país aún resisten con altas matrículas de ingenieros agrónomos y los jornaleros resisten en sus pueblos hasta que la vida les resulta insoportable y, aún así, se lo piensan dos veces antes de emigrar y cuando se van se alquilan en el campo.

El presidente Enrique Peña Nieto vio el potencial y habló de modernizar el campo reiteradamente.

En 2014 frente al Consejo Nacional Agropecuario, la cúpula del sector, prometió que junto a sus pregonadas reformas haría una más para elcampo, pero ésta nunca llegó. Deja a la siguiente administración la misma disyuntiva que él mismo tuvo: dar limosnas o profesionalizarlo en masa.

La apuesta por la modernización no es popular: puede llevar décadas formar a las nuevas generaciones de campesinos por el camino de la ciencia agrícola, la biotecnología, el uso de tecnologías, los cuidados del medio ambiente, pero vale la pena: los cimientos ahí están, el mundo espera los productos de la agricultura mexicana, ¿que no, Trump?

*Periodista

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