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La cuestión climática

JEAN MEYER. EL UNIVERSAL.

El gigantesco pozo de carbono que representa la Amazonia ha perdido la mitad de su eficacia en los últimos veinte años.

La “cuestión climática” puede disimular otros problemas, no menos serios, de la misma manera que “un tren puede ocultar otro tren”, como rezaba antaño un letrero en el cruce de la carretera con el ferrocarril. En Francia, Guillaume Sainteny publicó un buen libro sobre el tema, bajo el título que traduzco así: El clima que esconde el bosque. Cómo la cuestión del cambio climático oculta los problemas ambientales. Le parece exagerada la prioridad que le dan al clima, en sus políticas ambientales, Estados, ONU, ONG y medios masivos de comunicación.

El autor no pone en duda la realidad del cambio climático, y estoy de acuerdo con él cuando dice que es algo más complejo que un “recalentamiento”, puesto que en ciertas regiones hay recalentamiento, pero en otras se da un enfriamiento y en todas partes una evolución acelerada de las variaciones, lo que permite el surgimiento de fenómenos extremosos. Esos tres en conjunto forman el “cambio climático”. El autor reclama que se les preste atención a la contaminación del aire y de las aguas, la destrucción de la biodiversidad, erosión de los suelos, loza de cemento y chapopote sobre las buenas tierras de labor, exagerada urbanización en forma de megalópolis, deforestación. Presenta el número de muertes prematuras provocadas por estos fenómenos y sus costos económicos y sociales; la conclusión es que las consecuencias de “ensuciar el nido” o “patear la cuna” son muy superiores a las del cambio climático.

Quiero insistir sobre la deforestación, que es una calamidad que afecta a nuestro México, a toda América, África, Asia y la imprudente Rusia. Sólo se salva Europa. Detrás de los engaños estadísticos del gobierno brasileño, la Selva Amazónica está terriblemente amenazada, “el pulmón de la Tierra”, 6.5 millones de kilómetros cuadrados que llegan a Bolivia, Perú, Ecuador, Guyana, está atacado por la agricultura especulativa, los campesinos pobres, las carreteras, oleoductos, líneas de alta tensión y compañías madereras. En los últimos cuarenta años destruyeron 763 mil km2 de bosque, el equivalente de dos Alemanias. Resultado: las sequías cada vez más intensas que afectan a Brasil y otro fenómeno que afecta al mundo entero: el gigantesco pozo de carbono que representa la Amazonia ha perdido la mitad de su emcacia en los últimos veinte años. A la secretaria de Agricultura le pusieron como apodo Miss Sierra Cinta o Miss Deforestación.

En Indonesia, especialmente en la inmensa isla de Sumatra, nos acercamos a la catástrofe ecológica. Los incendios criminales devastan la selva en provecho de los industriales del aceite de palma, hule y madera. En el verano pasado los incendios levantaron una nube de humo que cubrió Asia del Sureste hasta Vietnam. Indonesia, durante varias semanas, le ganó a China el lugar de primer contaminador mundial. De los parques nacionales, quedaba el 50% en Sumatra hace seis años; hoy queda el 30%.

No tengo las cifras para México, pero en mis salidas recientes fuera de la Ciudad de México, he visto por los cuatro vientos los incendios, no sólo para “limpiar” los campos —una práctica desastrosa denunciada en vano por los agrónomos— sino para acabar con el bosque. Cerros pelones, erosionados, sequía creciente combinada con inundaciones y deslaves mortíferos, todo esto lo podemos ver de la misma manera que podemos ver los hermosos resultados de reforestaciones limitadas en el espacio pero que demuestran que es posible marchar en reversa. Sigo esperando campañas masivas de información en televisión para que nuestros compatriotas dejen de incendiar antes de las siembras, de destruir al bosque, para que los gobiernos de los tres niveles dejen de dar permiso de construir sobre las pocas tierras de labor que tiene nuestro país.

Investigador del CIDE

[email protected] cide.edu

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