jueves , 12 diciembre 2019
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La insustentable esencia de la sustentabilidad

VÍCTOR M. TOLEDO. LA JORNADA.
22/10/19.- De los preceptos antisis­tema o alternativos que el propio sistema ha devorado, digerido, regurgitado y convertido en mero concepto decorativo destaca el de sustentabilidad. Hoy no hay gobierno que no tenga su propio ministerio enarbolando la bandera de la sustentabilidad. Ni hay tampoco empresa respetable que no hable de ello. Si el lector examina las páginas de las mayores 100 corporaciones (que dominan al mundo) es probable que 90 por ciento mantengan el término como parte de su ideario, pues puntualmente lavan su imagen y se pintan de verde ( green washing). Ello incluye petroleras, mineras y fabricantes de armas. Lo mismo ocurre en los ámbitos académicos. Innumerables universidades y tecnológicos han abierto materias, carreras, posgrados y especialidades sobre el tema. Existe además desde hace 20 años la ciencia para la sustentabilidad ( sustainability science) y cada año se publican 12 mil estudios que contienen la palabra en su resumen. ¿Qué define realmente este término? En su versión más corriente, un vago deseo por conciliar el respeto por la naturaleza con la economía dominante y la justicia social.

En su historia de tres décadas, la palabra se ha convertido al mismo tiempo en concepto, paradigma, marco teórico, instrumento técnico, utopía, pretexto, ideología y mucho más. El concepto surge del debate sobre cómo remontar la crisis ecológica. Dos acontecimientos que iniciaron la discusión fueron el reporte del Club de Roma Los límites del crecimiento y la celebración de la primera Cumbre de la Tierra en Estocolmo, Suecia, ambos en 1972. Estos dos acontecimientos constituyeron dos fuertes cuestionamientos al poner en duda la idea de un infinito crecimiento económico y de desarrollo en el contexto de un planeta finito. Igualmente estimularon el surgimiento y expansión de los movimientos ambientalistas, en especial los del mundo industrializado. Varios autores coinciden en que esta situación fue revertida con la aparición del llamado Informe Brundtland (1987), el reporte preparado para la World Commision on Environment and Development y publicado bajo el título de Nuestro futuro común. En ese informe la noción de crecimiento ya no fue presentada como la culpable de la crisis ecológica, sino como la solución a los problemas sociales y ambientales del mundo bajo el concepto de desarrollo sustentable. La amplia difusión que el Informe Brundtland tuvo en el mundo marcó el inicio de la cooptación de la idea de sustentabilidad. En su libro Ecología y poder, dedicado a analizar ese fenómeno, B. Santamarina (2004) asienta: Si los primeros informes analizados suponían una dura crítica contra la ideología dominante del crecimiento económico, poniendo en jaque a las teorías de la modernización y del desarrollo industrial tan en boga en los 60, el Informe Brundtland supone el triunfo enmascarado de una nueva era neoliberal. Un triunfo contextualizado por el aumento de las políticas conservadoras, la inminente caída de la cortina de hierro y el abaratamiento de las fuentes de energía y de los recursos. Bajo el polisémico concepto de desarrollo sustentable, cuyo paisaje de fondo es el inicio y la restructuración del capitalismo, reaparece el viejo mito del progreso. En perspectiva similar A. Gómez-Baggethun y J. M. Naredo afirman que el ambientalismo pasó de noción de crecimiento contra el ambiente a otra de crecimiento para el ambiente, de un énfasis en las políticas públicas a otra basada en las regulaciones del mercado y de un discurso esencialmente político a otro explícitamente tecnocrático. Ello explica la aparición de iniciativas como la modernización ecológica, el capitalismo verde, la economía verde y el Global green new deal, ampliamente difundidos por el Programa de Naciones Unidas para el Ambiente y numerosas agencias internacionales.

Este cambio de significados coincidió con un giro en el contexto político del mundo, es decir, con la aparición de un periodo neoliberal caracterizado por la liberación del comercio mundial, la reducción del aparato estatal, la privatización extrema de la economía de los países y la contención de los programas sociales. El arranque de esta era fueron los regímenes de M. Thatcher en Inglaterra (1979-90) y de R. Reagan en Estados Unidos (1981-89).

Ante el panorama anterior, las corrientes más críticas del ambientalismo levantaron propuestas como las del descrecimiento, el ecosocialismo o el buen vivir. Nosotros hemos desarrollado una definición de sustentabilidad como sinónimo de poder social o ciudadano (ver: http://www.revistas.unam.mx/index.php/ inter/article/view/ 52383 y https://www.jussemper.org/ Resources/Economic%20Data/ Resources/WhatWeMeanForSustainability.pdf ). Este tema lo abordaremos en una próxima entrega.

¿Qué es la conservación biocultural?

(19/11/19).- En La estructura de las revoluciones científicas, Thomas Kuhn logró esclarecer el mecanismo por el cual el conocimiento avanza a través del tiempo. En ese libro, el más citado en la historia de la ciencia, Kuhn escribe que existen periodos de ciencia normal orientados por un paradigma que va sufriendo anomalías, lo cual provoca la aparición de otro paradigma, la ciencia revolucionaria, el cual termina por desplazarlo y convertirse en ciencia normal. El avance científico es entonces una sucesión de ciclos normales y anormales. El modelo de Kuhn ha sido demostrado en innumerables campos del conocimiento y, como veremos, aplica al caso de la conservación de la naturaleza.

La versión moderna de la conservación que surge hace más de 150 años, nace de la toma de conciencia sobre la destrucción de la flora y la fauna, percepción estimulada por los avances de la ciencia del siglo XIX, especialmente del evolucionismo. El sentimiento conservacionista, que en un principio surgió a escala individual o de pequeños grupos, pronto se transformó en ética colectiva y en acciones concretas que llevaron a crear reservas de todo tipo. En paralelo, el estudio de la historia natural se convirtió a finales del siglo XIX en una vigorosa corriente intelectual en Europa. Hoy existe una nueva rama de la ciencia llamada biología de la conservación dedicada a esos menesteres, y un movimiento global que incluye consorcios internacionales, políticas públicas en cada país y miles de organizaciones civiles. Su tarea central es establecer intocadas zonas de refugio, que permitan no sólo la permanencia de la biodiversidad original de cada territorio, sino los procesos que ahí operan. Es decir, aislar espacios naturales de los mecanismos destructivos de la civilización industrial, como la agricultura y ganadería modernas, plantaciones industrializadas y formas de contaminación generadas desde las ciudades y las industrias. Ello se logra mediante la promulgación de políticas y sus respaldos jurídicos, dirigidas a establecer parques nacionales y santuarios, mediante decretos gubernamentales o la compra privada de territorios. En su versión extrema, impulsa zonas exclusivas, prohibidas a toda acción humana.

Como contraparte a esta visión se fue gestando durante el último medio siglo otra corriente fundada en la corroboración de la existencia de conocimientos no científicos o tradicionales sobre la naturaleza, entre los pueblos originarios del mundo (unos 500 millones hablando unas 7 mil lenguas). Este descubrimiento, que ha cimbrado a la ciencia, fue alimentado por los estudios etnobiológicos y etnoecológicos realizados desde la interdisciplinariedad. Las investigaciones demostraron no sólo la existencia de un sofisticado conocimiento no académico sobre plantas, animales, fenómenos ecológicos, climáticos, geológicos y meteorológicos, sino una lógica productiva y una ética conservacionista entre esos pueblos. La ecología sagrada de los pueblos originarios que concibe al humano como parte de la Madre Tierra supone una relación de respeto que los lleva a salvaguardar como zonas sagradas áreas de vegetación, manantiales, montañas, etcétera. Ello vino a sumar a la visión moderna de la conservación un contingente social y cultural ignorado, que se ha convertido en aliado estratégico de los esfuerzos institucionales, públicos y privados del conservacionismo.

Aportes científicos muy recientes han demostrado a escala planetaria lo hallado en muchos países: que las porciones de mayor biodiversidad coinciden con los territorios de los pueblos indígenas. En efecto, los avances logrados en las tecnologías de la percepción remota y el procesamiento de datos permitieron que Conservación Internacional localizara 35 regiones del mundo con las más altas concentraciones de especies ( hotspots). A ellas agregaron otras cinco, donde la baja población humana mantiene una mínima o nula perturbación de los hábitats. En estas 40 regiones que representan apenas 8.5 por ciento de la superficie terrestre existe 67 por ciento de todas las plantas vasculares y más del 50 por ciento de los mamíferos, reptiles, anfibios y aves del orbe. La presencia de pueblos indígenas en estas 40 zonas revela que ahí se localiza 68 por ciento de las lenguas habladas por esos pueblos, sugiriendo un estrecho vínculo entre la diversidad biológica y la cultural. Por ello se arriba a una modalidad de conservación biocultural con la participación combinada o corresponsable de las comunidades indígenas, los científicos y las instituciones gubernamentales o privadas. Esto adquiere mayor trascendencia cuando se confirma que los pueblos indígenas poseen territorios en 87 países equivalentes a la ¡cuarta parte de la superficie terrestre! En una próxima entrega analizaremos el caso de México.

La conservación biocultural en México

3/12/19.- En nuestra entrega anterior (19/11/19) quedó establecido un principio fundamental derivado de la investigación científica reciente: el notable traslape de las regiones más ricas en biodiversidad del mundo con los territorios indígenas, los cuales se distribuyen por 87 países y equivalen a la ¡cuarta parte de la superficie terrestre! Ello obliga a visualizar una nueva modalidad de conservación biocultural con la participación combinada o co-responsable de las comunidades indígenas, los científicos y las instituciones gubernamentales o privadas. ¿Qué tan factible es esta nueva estrategia conservacionista en México?

Para comenzar debe saberse que el país, en virtud de su larga historia civilizatoria (los pueblos mesoamericanos se remontan a unos 7 mil a 9 mil años, según los registros de las primeras plantas domesticadas encabezadas por el maíz), y con una población originaria o indígena de 25 millones (Inegi, 2015), constituye una nación muy especial en términos bioculturales. Utilizando tres criterios, biodiversidad (cantidad de especies), etnodiversidad (número de lenguas) y agrodiversidad (cifra de centros de domesticación) es posible clasificar a los países bioculturalmente más ricos del planeta. De acuerdo con ese análisis, México ocupa el segundo sitio, después de Indonesia y por delante de India, Australia, Brasil y China. Los territorios indígenas del país, con una superficie de al menos 28 millones de hectáreas, mantienen las áreas mejor conservadas de selvas y bosques, y captan la cuarta parte del agua de lluvia. Por ello cada especie de planta o de animal, de suelo o de paisaje, de montaña o manantial, casi siempre conlleva una expresión lingüística, una categoría de conocimiento, una historia o una leyenda, un significado mítico, un uso práctico o una vivencia individual o colectiva.

Tras más de dos décadas de acciones conservacionistas encabezadas por el Estado y apoyadas por amplios círculos académicos, fundaciones nacionales e internacionales y por instituciones como el Banco Mundial, el país ha logrado implementar un exitoso programa de conservación de la diversidad biológica que hoy alcanza casi 30 millones de hectáreas (15 por ciento del territorio). No obstante lo anterior, la política conservacionista ha mantenido en lo general una estructura vertical y ha impuesto mediante decretos medidas que obligan, no convencen, a las comunidades originarias a adoptar medidas de protección. Similarmente aunque los discursos de la bioconservación tienden a reconocer el papel de los pueblos indígenas, en la práctica sigue prevaleciendo una visión que busca excluirlos o marginarlos de las áreas protegidas. Las versiones extremas del conservacionismo llegan incluso a adoptar posiciones racistas, ignorando que justo la existencia de hábitats conservados se debe al manejo tradicional mantenido a lo largo del tiempo, y que los procesos destructivos provienen justamente del mundo moderno. Una demostración contundente de lo anterior es que cuando se analiza el grado de bienestar de las 4 mil 253 comunidades que existen alrededor o dentro de las 142 áreas naturales protegidas, se descubre que 80 por ciento de esas se encuentran en altos niveles de marginación social (Conapo, 2015). El país ha sido muy exitoso en proteger orquídeas, felinos, pájaros bandera, quetzales, mariposas, monos, peces, insectos y especies endémicas, pero ha fallado en dar una vida digna a los pueblos que facilitaron la protección de ese legado natural.

Por fortuna, en plena contracorriente, desde hace una década han surgido iniciativas que son versiones bioculturales de la conservación. Por ejemplo, desde 2011 el gobierno francés colaboró con la Semarnat y la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas para que México adoptara los llamados paisajes bioculturales como nueva categoría de conservación. Hoy existe ya un proyecto de ese tipo en Jalisco, y en Yucatán ha sido fundada la primera reserva biocultural del país a iniciativa de cinco municipios mayas de la región del Puuc en exitosa sinergia con el gobierno estatal y varias ONG. Por las mismas fechas surgió, con apoyo del Conacyt, la Red sobre el Patrimonio Biocultural de México, que hoy aglutina a 257 académicos organizados matricialmente en 28 nodos regionales o estatales y a 70 instituciones (www.patrimonio.biocultural.com). La red, que ha editado más de 40 libros, trabaja con decenas de comunidades de todo el país. Igualmente ha sido decisivo el reconocimiento de las áreas de conservación voluntaria, la mayoría establecidas por comunidades y ejidos, que pronto alcanzarán un millón de hectáreas. En suma, adoptar la visión biocultural de la conservación en México significa dar un paso adelante, que vuelve congruente toda una política con el patrimonio histórico y cultural del país, y que comparte con los pueblos originarios la valiosa tarea de preservar su legado biológico.

*Más información en http://laecologiaespolitica.blogspot.com

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