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La noción de cambio y su relación con la alimentación

LILIANA MARTÍNEZ LOMELÍ. EL ECONOMISTA.

Cuando se dice que el cambio de hábitos alimentarios podría mejorar la salud, no es suficiente para ser percibido como una consecuencia deseable.

Frecuentemente, cuando se habla de alimentación y estilo de vida, se incluyen discursos y retóricas que inevitablemente involucran la palabra cambio: cambio de estilo de vida, cambio de hábitos, cambio de dieta. Éste es el abordaje principal o el eje sobre el que se fundamentan las recomendaciones para mejorar los estilos de vida.

La noción de cambio es un concepto tan manoseado que se convierte en una de esas muletillas que parecerían ofrecer una solución a una situación problemática. Se espera que una manera diferente de hacer las cosas traiga resultados diferentes. El cambio, por ende, puede ser positivo, pero también tener resultados inesperados o no deseados. He aquí donde la condición humana se antepone. Neurológicamente e incluso genéticamente, los seres humanos estamos programados para resistirnos al cambio.

La resistencia al cambio no es un rasgo esencialmente negativo. Resistirse al cambio es lo que permite crear estructuras para que las personas reconozcamos normas, códigos, símbolos y podamos funcionar socialmente. Como polo opuesto de la resistencia al cambio, los seres humanos también desarrollamos capacidad de adaptación que nos ha permitido sobrevivir como especie. Genéticamente, algunas personas están programadas para buscar siempre cambios en diferentes aspectos de su vida, mientras que otras prefieren la estabilidad de estímulos.

Parecería que sólo bastaría hacer las cosas diferentes, en este caso, comer diferente, para obtener resultados diferentes. Sin embargo, además de estás neuroprogramaciones históricas, social y culturalmente, los cambios se originan cuando existe un movimiento colectivo que permita que sean permanentes. Por ello, cuando los abordajes nutricionales están centrados sobre el esfuerzo individual son poco permanentes en el tiempo. Además, otro rasgo de la aceptación del cambio es el hecho de saber cuál será el resultado. Cuando se dice que el cambio de hábitos alimentarios tiene como consecuencia una mejoría de la salud en general, no es en ocasiones suficiente para ser percibido como una consecuencia deseable. No es que las personas no queramos estar sanas, sino que el hecho de ser saludable, cuando no se tiene una enfermedad manifiesta (y no silenciosa, como algunas enfermedades crónico-degenerativas en sus primeras fases), es un concepto abstracto que parecería tener poco impacto.

Además de la percepción de las consecuencias, un cambio se hace no sólo con tener la intención. Se ha demostrado que dos personas pueden estar igualmente motivadas e intencionadas en cambiar su estilo de vida para poder tener una mejoría. Sin embargo, además de la intención, se ha identificado la sensación de tener la habilidad para lograrlo como uno de los mejores predictores de que el cambio pueda ser permanente y no transitorio. Es decir, mientras que las dos personas están motivadas a hacerlo, si una siente mejor habilidad para poder llevarlo a cabo, es más probable que el cambio sea más permanente. En cambio, si una persona siente que su habilidad para hacerlo es menor —independientemente de que esto sea cierto o no—, es muy probable que el cambio no se origine. Y en alimentación esta habilidad está directamente relacionada con el bombardeo de informaciones sobre lo mejor en alimentación que nos deja con la confusión sobre saber entonces qué es lo que se supone que es lo mejor.

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