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sábado , 27 noviembre 2021
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La otra cultura del agua

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CARLOS ESTRADA ARTEAGA. CRÓNICA

A diferencia de las aguas teóricas que nos ilustran en los textos, nosotros tenemos aguas dulces, saladas, blandas, duras, profundas, superficiales y más, ahora, aguas grises y negras

Aguas estancadas.

Aguas estancadas.

Para hablar de la historia del agua hay que reconocerla. Desde hace 4500 millones de años cuando se formó nuestro planeta, se forma la atmósfera terrestre y aparece el agua con sus tres átomos geométricamente formados, que permiten su pureza [agua potable] y su perversión [agua contaminada].

La historia del agua trasciende en el origen de la vida, fluye en el tiempo, rebasa nuestro pasado, para convertirse en una preocupación futura desde una problemática actual de trasformación de vida: ¿cómo cuidar el agua?

Hablar del agua, es hablar de las aguas puras, las de aquellas que a través de ellas mismas comunicaban a los pueblos, las que llevaban progreso y conquistas, y servían para purificar las almas de los muertos y acompañaban a los seres vivos, los creaban y los enlazaban con el más allá.

A diferencia de las aguas teóricas que nos ilustran en los textos, nosotros tenemos aguas dulces, saladas, blandas, duras, profundas, superficiales y más, ahora, aguas grises y negras.

También tenemos aguas residuales, mal llamadas industriales: que sin serlo no industrializan, ni crean, ni transforman, más bien ocultan y retienen los secretos de esas transformaciones. Las hay residuales municipales, que por ser de un municipio son de todos y de nadie.

Existe agua embotellada, endulzada, baja en sales, con colorantes, con gas, en garrafón o en botella de plástico.

Agua de lluvia que lava y purifica, más aún que esconde y recolecta la basura de una ciudad.

El agua se ha convertido en la actualidad en un recibo de pago, el cual nos da el derecho de exigir, sin preocuparnos su existencia. Peor aún, el agua, es sólo un servicio que esta entubado y viene de la nada y se pierde en un drenaje que no es más que otro tubo que va a la nada, como en “La historia interminable».

Tenemos aguas quietas, mansas, que nos reflejan imágenes para ver quiénes somos, aguas quietas, refrescantes, de una fuente en medio de la plaza bajo un sol de verano, aguas que nos hacen reír por el sólo hecho de empaparnos.

Contamos con almacenes enormes de agua para producir energía por caída libre, cambiando ecosistemas y la biodiversidad aguas arriba, a beneficio de obtener una dinámica en el desarrollo del progreso.

Los que nos bañamos en un río, sufrimos actualmente la añoranza de un río alegre, con árboles formados, vigilantes de su paso, con la visita frecuente de animales retozando en la vera.

Esa añoranza se ha vuelto costumbre y, ahora, los ríos ya no mojan, y cuando mojan te contagian de su enfermedad o agonía.

Desde mi observación, nos hemos situado en la posición más cómoda para su estudio, en el ciclo hidrológico del agua, se evapora, se condensa, llueve, se almacena en la superficie o en las profundidades de la tierra y se vuelve a evaporar; es ahora cuando tenemos que aceptar que cuando el agua se almacena, es utilizada en la industria o en una comunidad, lo más importante sería el tratamiento para su retorno al medio ambiente y que complete su ciclo, sin que nos cobre el empeño.

La cultura del agua nos ha llevado a tener dos conciencias. Por un lado, la parte práctica, la cual nos permite, bajo ciertas Normativas, utilizarla para nuestro beneficio, desde bañarnos hasta obtener un producto, el cual nos reditúa una venta; siempre cumpliendo con la Norma de calidad que nos aplique.

Y la otra conciencia es cultural, es aquella que está en el subdesarrollo de nuestra educación, ya que no alcanza el compromiso social, lo eclipsa el desarrollo económico. Existe una necesidad creada por cumplir con la oferta y la demanda de productos que se venden, se compran y se fabrican con mucha o poco agua.

Esa otra cultura no debe limitar ese estudio a los cambios medio ambientales del ecosistema en el cual vivimos. El estudio del agua y sus posibles soluciones debe ser humana y sabia, de lo contrario acabaremos con lo mejor de este planeta: la vida.

Hablar de la otra cultura del agua, es proponer formas armoniosas a favor del medio ambiente.

Da inicio en el seno del hogar, es honrar nuestra ascendencia indígena, que educaba religiosamente a través de símbolos y deidades de la lluvia o del rayo; el respeto a las aguas quietas que reflejaban formas lúgubres de una luna que influía en el comportamiento del viajero del agua.

Símbolos que representaban valores morales, cultos, virtudes, purificaciones; como no asociar al agua con un símbolo incapaz de manifestarse en un cuerpo definido, elevándose al grado espiritual, para mostrarse en todas sus formas.

Así, el agua puede devorar, refrescar, empujar, transportar, destruir o fertilizar; el agua primera es mar, es lago, es río, es un ser vivo hermafrodita que desciende para preñar la tierra, el agua, dadora de vida y hacedora de ella.

Esa educación no está en nuestros niños, es nuestra herencia y nuestra responsabilidad. Esa educación está en nosotros mismos, mirémonos en esas aguas para ver quien somos. Aprendamos a honrar las formas. Al bañarnos, como una purificación, y lo que representa el ritual en la preparación de los alimentos, o el agua como cura y alimento mismo de la sed.

Cuando uno habla de proponer, lleva implícito los compromisos y las responsabilidades, y en un problema tan serio como el agua son imperativas las formas colectivas de reparación, pero hasta ahora esas reparaciones aplicadas bajo sistemas y regulaciones de Leyes y Normas medio ambientales no han dado resultados favorables, ya que desde mi punto de vista resulta difícil saber a quién le corresponde la obligación de reparar el daño.

Debemos aceptar que la mejor forma de armonizar el equilibrio ambiental es no violentarlo, es la única forma de restauración a la que debemos aspirar como seres individuales. Aun cuando resulte muy complicado cuantificar el deterioro o la restauración ambiental, nosotros sabremos cuándo nos acercamos al equilibrio ecológico, porque empezará a llover en un cierto periodo, no habrá deshielos, el clima será benevolente con nuestro frío o nuestro calor, nos daremos cuenta por fuerza de sentirlo.

Si todos tenemos derecho del agua, es responsabilidad de todos ayudar a reconstruir un planeta. Pero romper con el mal uso y las malas costumbres es un reto de entusiasmo personal, que nos beneficiaría a todos.

Un amigo me decía: «pareciera que si quitamos al ser humano de este planeta, el ecosistema empezaría a restaurarse por sí mismo», y, lo que no he podido contestarme es: ¿el humano es el único ser vivo que no tiene una función específica dentro de este ecosistema?

Recordando que el estudio del agua es, como decía Tales de Mileto (padre de la filosofía griega) que al observar y estudiar el agua llegó a la conclusión que: “todo procede del agua”.

Enfrente de este escrito, de mi entendimiento y sentir del agua, como ingeniero ambientalista, me propongo diseñar sistemas de tratamiento en los que pueda reflejar mi descubrimiento de lo que la naturaleza hace, por la restauración del medio ambiente.

Aguas para siempre olvidadas que no serán de nadie, y que mueren en su depresión…

INVESTIGADOR DEL ÁREA DE AMBIENTAL DE CIDETEQ

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