Vivimos tiempos de incertidumbre que nos obligan a cambiar radicalmente nuestras conductas como sociedad, a repensar el futuro y  las transformaciones que se requieren. La realidad es que, además de la crisis del Covid-19 y sus impactos inmediatos en la salud y la economía, llevamos años viviendo otra crisis, tal vez más silenciosa, pero no menos peligrosa: el cambio climático.

Entre los ambientalistas este concepto está desde hace décadas en nuestro vocabulario, sin embargo, para el resto de la sociedad el cambio climático parece ser un problema lejano de su vida diaria. ¿Por qué debería importarnos? La respuesta corta es porque pone en riesgo la vida humana como la conocemos. Ni más ni menos.

De acuerdo con el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático, si el aumento de la temperatura global de la atmósfera y el océano sobrepasa el 1.5°C, buena parte de las zonas costeras del mundo se inundarán permanentemente;  las sequías serán más intensas, afectando a 410 millones de habitantes urbanos, y los corales y los glaciares del mundo prácticamente desaparecerán. Este no es un panorama de ciencia ficción. De hecho, es el escenario más probable dado que ya hemos calentado en 1°C la atmósfera, y las trayectorias actuales apuntan hacia los 3 e incluso 4 grados de calentamiento.

¿Cómo enfrentar esta amenaza? Afortunadamente, la ciencia ya hizo parte del trabajo señalando que tenemos que transformar aceleradamente ciertos sectores de la economía: el uso de suelo, la industria, transporte, ciudades, y energía, a la par de proteger y restaurar la naturaleza en la mayor escala posible. Sin duda, es un gran reto pero tenemos la certeza de que es técnica y económicamente factible.

En el caso de nuestro país, el potencial de materializar estas cuatro transformaciones es significativo y sobretodo urgente. En relación al uso del suelo, es indispensable producir más y mejor con menos suelo, lo que implica transformar el sector primario de pequeña y gran escala con miras a detener la deforestación y garantizar la seguridad alimentaria.

De acuerdo con la organización Global Forest Watch, de 2001 a 2019, México perdió 3.99M ha de cobertura arbórea, lo que equivale a una disminución del 7.5% de la cobertura arbórea desde 2000. Al mismo tiempo, es necesario cambiar los estilos de vida de los mexicanos hacia patrones más sustentables de alimentación y consumo en general. Estimaciones de gobierno señalan que 37% de los comestibles producidos o comida preparada se desperdician cada año.

En el sector industrial se requieren también cambios significativos. Por una parte, el fortalecimiento de instrumentos regulatorios como el impuesto al carbono; el sistema de comercio de emisiones; los estándares ambientales, y los programas de inspección y vigilancia industrial, entre otros. Por otro lado, las propias empresas deben reconocer su responsabilidad y compromiso con los problemas ambientales y sociales del país y actuar en consecuencia.  Según el último inventario de Emisiones de Gases de Efecto Invernadero, el 8% de las emisiones provienen de actividades industriales.

En el ámbito urbano y de transporte, el mayor de los retos pasa por la planeación y el verdadero control del crecimiento urbano en todos sus ámbitos: vivienda, infraestructura, movilidad y servicios. La mala calidad del aire y los consecuentes daños a la salud; la falta de espacios verdes; la gestión inadecuada de residuos y la escasez de transporte público de calidad hacen que los habitantes de las ciudades mexicanas sean en muchos casos las poblaciones más vulnerables a los problemas ambientales. Sobre todo los habitantes de menos ingresos.

Finalmente, la transición del sector energético hacia energías renovables es quizás la de mayor factibilidad técnica e impacto a nivel nacional en términos de beneficios econambientales y sociales. La combinación de proyectos de gran escala, proyectos comunitarios y la expansión masiva de la generación distribuida podrían fácilmente descarbonizar nuestra matriz energética en menos de 10 años, para ello se requiere de la voluntad política.

*Ninel Escobar es Subdirectora de Cambio Climático y Energía de WWF.