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En San Pedro Nodón las mujeres aprenden a tejer la palma desde los siete u ocho años, mientras que los hombres aprenden alrededor de los 12 años. FOTOS: EDWIN HERNÁNDEZ. EL UNIVERSAL.

Los hombres de la palma que tejen por su sobrevivencia

JUAN CARLOS ZAVALA. EL UNIVERSAL.

En San Pedro Nodón esta actividad impulsa la economía de las familias; con los sombreros que elaboran se mantiene viva la cultura del trueque.

SAN PEDRO NODÓN, Oaxaca. En esta  localidad mixteca de Oaxaca la elaboración de sombreros de palma es más que una bella artesanía tradicional que sus pobladores han heredado de sus padres y ellos, a su vez, de sus antecesores. Se trata de un asunto de sobrevivencia a la que le dedican la mayor parte de su tiempo los casi  350 habitantes, incluidos niños.

El tejido de la palma con la que elaboran mayormente sombreros y algunos tenates es su principal actividad económica, aunque también tienen tierras para la siembra de temporal de maíz, frijol y trigo para el autoconsumo.

Durante la mañana es común ver particularmente a los hombres tejiendo sombreros sin detenerse, incluso cuando hablan o caminan: con los dedos de sus manos entrecruzan las tiras de palma de unos  30 centímetros de largo, que previamente fueron cortadas y puestas a secar.

“Aprendí [a tejer palma] como a los 12 años. Los hombres, que somos más de dura cabeza, nos dedicamos con nuestros padres al monte, pero  las mujeres, como están con la mamá, comienzan desde  los siete u ocho años. Los hombres empezamos a aprender entre los 10 y 12 años”, explica Catarino Sánchez.

La elaboración de sombreros es la principal actividad económica de San Pedro Nodón. Hombres, mujeres, niños y adolescentes se dedican a ello, aunque una gran parte de sus habitantes ha decidido emigrar en busca de  trabajo en la Ciudad de México o en  Puebla.

Los tenates y los sombreros son los principales artículos que elaboran.

Cada sombrero terminado tiene un valor de 6 pesos y para la adquisición de alimentos recurren al trueque con los intermediarios: Para un kilo de frijol lo intercambian por tres sombreros, un kilo de tomate por dos sombreros, una bolsa de sopa   por uno, un kilo de azúcar por  tres y  un kilo de lentejas por cuatro sombreros.

“Nosotros lo vendemos a 6 pesos con los intermediarios que también tienen que ganarse su dinerito, aunque la mayoría de las veces lo cambiamos por cebolla, chile o tomate. Eso es lo que consumimos. Algunas veces nos dan en efectivo, pero casi siempre es por cambio.

“Cambiamos porque, no por un kilo de tomate vayamos hasta donde lo venden, si no que  vamos con los intermediarios, son poquiteros  y ya  ellos se arreglan con la gente que viene con los carros grandes que vienen de Juxtlahuaca y Tehuacán, Puebla”, refiere el tejedor.

Materia prima comunal

San Pedro Nodón es una agencia municipal de San Juan Bautista Cuicatlán, municipio de la región Cañada de Oaxaca. Las palmas que se observan abundantes son parte de la vegetación natural de esta localidad y de las comunidades vecinas, y también la fuente primaria de su actividad económica.

El agente municipal, Raúl Hernández Gaytán, detalla que el aprovechamiento de la palma es comunal, es decir, cualquiera puede cortar las hojas y aprovecharlas para la elaboración de sombreros. Sin embargo, como una medida de protección para evitar que se agoten, ante una posible sobreexplotación, tomaron la decisión de establecer un periodo de veda en el que está prohibido cortarlas.

Este tiempo se  rige por las fases de la luna: no se puede cortar cuando es “luna tierna” —inicio de la fase de la luna creciente— que es un lapso que dura alrededor de 15 días.

“No se puede cortar en esos días para que la palma no se macice o no deje de salir, porque cuando se corta en este tiempo se retrasa más su  crecimiento. Son ocho días antes y ocho días después de la luna tierna”, explica el agente municipal.

 Raúl Hernández comenta que la siembra de maíz, frijol y trigo es la segunda actividad económica de San Pedro Nodón, pero sólo  cuando llueve,  ya que  este año  se quedaron esperando la lluvia que nunca llegó y, en consecuencia, no hubo cosecha, la cual tradicionalmente se levanta en noviembre.

Catarino Sánchez es de la clase 53 —forma en que refieren su año de nacimiento—   y tiene 65 años cumplidos, tiene seis hijos: cuatro hombres y dos mujeres, de los cuales cinco emigraron a la Ciudad de México en busca de trabajo y mejores condiciones de vida para sus respectivas familias.

 Relata que cuando él era joven también emigró a la capital del país, pero regresó al poco tiempo porque lo abrumó el intenso tráfico de vehículos y los “maleantes”.

“Aquí, en cambio, es difícil la vida, pero no imposible”, dice. También tiene tierras para la siembra, pero este año no cosechó nada de lo que sembró por la escasez de lluvia: “Ahorita deberíamos estar cosechando, pero no hay nada. Por eso digo que está muy difícil y  que comemos para tener vida porque para tener carne, jamás”, expresa.

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