viernes , 20 septiembre 2019
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Revolución biotecnológica en Argentina: aíslan gen antisequía

AFP…

Santa Fe, 20 de abril. En un modesto laboratorio universitario en plena región agrícola argentina, la bióloga Raquel Chan logró aislar un gen resistente a la sequía, cuyos injertos en soya, maíz y trigo, prometen multiplicar rendimientos en una verdadera revolución biotecnológica.

Al frente del Instituto de Agrobiotecnología de la Universidad Nacional del Litoral (UNL), Chan coordinó el grupo de investigación que estudió el girasol y logró identificar entre su complejo genoma al gen HAHB-4, que lo hace resistente a la sequía y la salinidad del suelo.

Inoculados con ese gen, la soya, el trigo y el maíz “aumentan enormemente la productividad”, señala la científica de 52 años.

“Para los productores agropecuarios aumentar 10 por ciento la productividad ya es una maravilla y esto da bastante más: incluso en algún caso llegó a duplicarla. Lo que puedo asegurar es que en ningún caso la planta transgénica produjo menos que la no transformada”, se entusiasma.

Según Chan, “cuanto peor es la condición climática, mayor es la diferencia en favor de la planta transformada respecto de la no transformada”.

Descubrimiento azaroso

Ser resistente a la sequía no significa que la soya crecerá en el desierto, advierte la científica en su laboratorio en el Día del Investigador.

“Algo de agua tiene que tener. Se podrá cultivar en tierras con un régimen pluviométrico de 500 milímetros al año, que es muy poco, y donde hoy no hay nada, claro que nunca serán la Pampa húmeda”, admite la bióloga molecular.

El proyecto de investigación sobre “genes involucrados en el medio ambiente”, que hoy rinde frutos inesperados, los cuales se estima se comercializarán en 2015, comenzó en 1993, año en que Chan regresó a Santa Fe tras doctorarse en Estrasbrugo, Francia.

“Si nos hubiéramos propuesto encontrar el gen resistente a la sequía, quizás nunca lo habríamos hallado. Llegamos casi por azar”, señala en su pequeña oficina de dos por dos metros, con estantes repletos de revistas científicas.

Del otro lado del vidrio, en el laboratorio, jóvenes científicos investigan frente a los ventanales con vista a la laguna Setúbal o Guadalupe de Santa Fe, ciudad de 450 mil habitantes, 475 kilómetros al norte de Buenos Aires.

Tras un arduo trabajo que le permitió identificar el gen, siguieron años de pruebas en laboratorio inoculándolo en plantas herbáceas llamadas arabidopsis, cuya resistencia y productividad aumentó con el gen.

El paso siguiente de llevar el experimento a la soya, el trigo y el maíz exigía una inversión e infraestructura inalcanzables para la universidad, por lo cual se firmó un convenio con la empresa Bioceres, fundada por productores argentinos y especializada en agrotecnología, que ahora tiene la licencia del producto.

A su vez, la firma se asoció con la semillera estadunidense Arcadia, que prevé invertir 20 millones de dólares para comercialización del producto.

El hallazgo, anunciado con bombos y platillos en febrero por la presidenta Cristina Fernández, promete aumentar productividad y ganancias en Argentina, segundo exportador mundial de maíz, primero de aceite y harina de soya, tercero de grano de esta oleaginosa y cuarto proveedor internacional de trigo.

Biotecnología vs medioambiente

“La biotecnología puede dar respuestas, puede ayudar a producir más alimentos, pero el hambre se soluciona con decisiones políticas”, advierte la científica, formada en la escuela pública argentina y recibida en la universidad de Jerusalén, donde debió exiliarse durante la dictadura (1976-83).

Según esta madre de dos hijos, uno de 21 años, quien sigue sus pasos y es físico, y otro de 17 al que considera “más vagoneta (perezoso)”, “la idea no es agrandar las fronteras de la siembra. Por el contrario, permitiría tener igual rentabilidad en menos territorio sembrado”.

Su hallazgo entusiasma a productores tanto como alerta a los ecologistas, que vienen denunciando el avance de la frontera de la soya, el uso de agrotóxicos y la tendencia creciente al monocultivo por rentabilidad.

“La necesidad de producir más alimentos, el desarrollo tecnológico y la conservación del medio ambiente es la encrucijada de la humanidad”, opina Carlos Manessi, vicepresidente del Centro de Protección a la Naturaleza de Santa Fe, cuyo tesorero, Luis Carreras, viste una camiseta que dice “¡Paren de fumigarnos!”.

Aceptación de los agricultores

Manessi, ingeniero agrónomo que produce aloe vera orgánica, muestra cómo al borde de la ruta un antiguo productor de naranja y mandarina transformó sus 25 hectáreas en una tierra alquilada a la soya.

“Creo que el gen es revolucionario para la agricultura”, dice el presidente de la Sociedad Rural de Santa Fe, Hugo Iturraspe, en las antípodas de los ecologistas.

Este productor agropecuario y ex jugador de polo, de 62 años, dueño de 300 hectáreas cultivadas de soya y criador de caballos de polo que exporta a Europa, espera que la nueva soya transformada se adquiera pronto en el mercado.

“Con estas semillas no sólo se va a ampliar la cantidad de toneladas de soya, si no que se va a multiplicar la cantidad de campos que van a poder entrar en la agricultura”, infiere este descendiente de un gran terrateniente del siglo XVIII.

Parado en medio de su campo a unos 80 kilómetros de Santa Fe, exhibe las plantas de soya que, afectadas por la sequía de diciembre y enero pasados, tienen uno o dos porotos por chaucha en lugar de los tres granos ideales.

“No importa a qué precio se comercializará la nueva semilla transgénica, si me asegura la rentabilidad o la aumenta”, sostiene.

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