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Semarnat, en la era populista

GABRIEL QUADRI DE LA TORRE. VERDE EN SERIO. EL ECONOMISTA.

El populismo mexicano va desmantelando instituciones y contrapesos al poder y tomando decisiones absurdas, mientras coloniza al Estado, construye una densa red de subsidios clientelares para perpetuarse en el tiempo y acapara la plaza pública y los medios de comunicación. Su desempeño hasta ahora ha sido vertiginoso y de libro de texto. El desenlace trágico, más tarde o más temprano, como el de todo populismo, ya se atisba. En estos días debe añadirse otra pieza más a su ominoso engranaje: la Semarnat.

El nuevo secretario es transparente y expresa sus filias y fobias sin matices. Su ideología es diáfana y de una pieza; antiliberal y anticapitalista. Es un incuestionable intelectual orgánico del régimen, ideólogo y leal militante de Morena. En otros tiempos se habría identificado plenamente con el socialismo; ahora lo hace con una curiosa arcadia indígena comunitaria, a la cual se filtran aromas maoístas, y donde campean conocimientos y saberes ancestrales admirables, en particular etnobiológicos, y que debe ser el modelo y la guía para la sociedad contemporánea. Sus primeros discursos han sido elocuentes en este sentido, y desde luego, sus Lineamientos de Política Ambiental del Gobierno de México, divulgados el 5 de junio pasado. Varios elementos de este texto llaman la atención poderosamente. El primero es un llamado Plan Nacional de Transición Energética, que al parecer ignora la existencia —gracias a la reforma energética que hoy su jefe se empeña en desmantelar— de una sofisticada y vanguardista arquitectura jurídica, institucional y regulatoria para ello. Ésta incluye mercados de energía, potencia, servicios conexos y derechos de transmisión; contratos bilaterales; subastas de energía limpia (ya canceladas); Certificados de Energías Limpias; obligaciones de consumo de energía limpia para grandes consumidores o usuarios calificados; Ley de la Industria Eléctrica, Ley de Transición Energética y ley de cambio climático; objetivos de generación de electricidad con energías limpias para el 2024, el 2030, y el 2050; compromisos de reducción de emisiones ante el Acuerdo de París en materia de cambio climático; diversos incentivos a la generación distribuida y ambiciosos proyectos de transmisión e interconexión (ya cancelados). No sabemos qué de todo esto arrojará al cesto de la basura para centrarse en “comunidades indígenas”, y “colectivos de jóvenes urbanos”, como lo afirma en sus lineamientos de política ambiental. Se desconoce qué tipo de contorsión programática requerirá para, como lo señala, “defender el petróleo como recurso estratégico, para la construcción de la sustentabilidad del país”. Algo verdaderamente insólito, y que nos anticipa que apoyará la construcción de la infausta refinería en Dos Bocas con procedimientos expeditos de Evaluación de Impacto Ambiental.

El nuevo secretario se propone la “regeneración” (coincidencia extraña) de “cada rincón y cada célula del territorio nacional”, sin que nos aclare lo que eso significa. También plantea una “alianza estratégica con los pueblos indígenas y comunidades campesinas”, impulsar el “patrimonio biocultural”, y reducir la desigualdad a través de “producir conservando y conservar produciendo” (sic). Puede ser que todo esto implique colonizar y repoblar con indígenas e incorporar a la producción agropecuaria tierras actualmente cubiertas por ecosistemas forestales, en especial las Áreas Naturales Protegidas (ANP), porque “la conservación no se puede concebir separada de las culturas originarias”. Preocupa sobremanera, que al igual que su jefe, buscará la “soberanía alimentaria”, suponemos que a través de los subsidios agropecuarios clientelares que el régimen ha creado y que ya anticipan una nueva ola histórica de deforestación en el país para la ampliación de la frontera agropecuaria (al igual que los años 70 y 80 del siglo XX).

Pero lo más inquietante y deprimente es que el nuevo secretario ignora hasta ahora todos los instrumentos de política ambiental que son la esencia estratégica y operativa de la Semarnat, y las únicas herramientas con que de verdad cuenta la nación para hacer frente a los retos de la sustentabilidad: no hay una sola mención a las Áreas Naturales Protegidas ni a la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, ni a los sistemas de inspección y vigilancia y aplicación de la ley por parte de la Profepa, ni a la Evaluación de Impacto Ambiental, ni al Ordenamiento Ecológico del territorio, ni a las Normas Oficiales Mexicanas, ni a las Unidades de Manejo para la Conservación de la Vida Silvestre (UMA), ni a los programas de recuperación y reintroducción de especies amenazadas o en peligro, ni a la infraestructura ambiental para el tratamiento y reuso de aguas residuales y el manejo de residuos, ni a la Zona Federal Marítimo Terrestre, ni a la conservación marina (ejemplo, tiburones y vaquita marina), ni al Carbon Tax, ni al cobro de derechos, ni a los cambios de uso del suelo, ni a las auditorías ambientales, ni a la Comisión Ambiental de la Megalópolis; vaya, a nada relevante en la agenda de la secretaría que encabeza. El cambio climático, el grave reto de la humanidad en siglo XXI, le merece sólo una mención tangencial y vaga. La 4T y el populismo llegaron a la Semarnat. Estamos en serios problemas.

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