miércoles , 5 agosto 2020
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Sin amapola solo queda el éxodo en Guerrero

ARTURO DE DIOS PALMA. EL UNIVERSAL. Con información de AGENCIAS.

De las 130 familias que lo habitaban quedan 30 y su ausencia se siente. La pobreza y la marginación también.

Por lo menos unas 50 mil personas se dedicaban al cultivo de la flor de amapola.

Auge de fentanilo deja migración y miseria en Guerrero.

LA MONTAÑA, Guerrero. En este pueblo, el tiempo está construido con una arquitectura distinta: el sonido  no es un parámetro para medirlo, pues tanto de día y de noche predomina el silencio.

El contraste entre claridad y oscuridad es lo que distingue el paso del reloj: las personas no caminan por las calles, los niños no juegan en la cancha, los carros no circulan. El único sonido que delata  a  la noche es el canto de los grillos.

Este pueblo se está vaciando poco a poco. Hace tres años inició un éxodo silencioso que muy pocos han visto, que no perturba ni le importa a nadie. De las 130 familias que lo habitaban quedan 30 y su ausencia se siente. La pobreza y la marginación también.

Conseguir algo de comer es un reto. Acá no están acostumbrados a vender alimentos, de entrada, porque nadie compra, pero en realidad se debe a que muy pocos tienen algo que ofrecer. Lo poco que tienen lo cuidan, lo estiran.

Para comprar más, tendrían que salir del poblado y el lugar más próximo se encuentra a 30 minutos de viaje en taxi colectivo, el cual les cobra 40 pesos por llevarlos y otros 40 por regresarlos.

Las pocas familias que aún permanecen en la zona libran una batalla diaria para conseguir qué comer.

Por eso, los pobladores han preferido huir —sí, huir— de la pobreza, de la falta de empleos, de servicios básicos, de escuelas, de médicos… y también de la marginación.

Hasta hace tres años, aún tenían algo que les daba un poco de dinero: sus cosechas de amapola.  Acá, con la siembra de la flor ocurría algo distinto a lo que sucede en otros pueblos de Guerrero: ésta arraigaba a los ciudadanos.

Ahora, sin amapola no hay trabajo, no hay arraigo… todos huyen.

María dejó tres menores a su suerte

María salió huyendo de este pueblo después de que la siembra de amapola dejó de ser una fuente de empleo.

Acaba de cumplir un año trabajando en el corte de fresas en la ciudad de Salinas, en California, Estados Unidos. Todo ese tiempo no ha podido enviarle dinero a sus tres hijos, quienes se quedaron solos en su pueblo. Lo que ha ganado es para pagar los 200 mil pesos que le prestaron para cruzar la frontera entre México y Estados Unidos.

La mujer sembraba —junto con sus hijos— hasta media hectárea de amapola y, en sus mejores tiempos, logró cosechar hasta 2 kilogramos y medio de goma de opio. Le dedicaba tres o cuatro meses al cuidado del cultivo y ganaba hasta 37 mil pesos. No eran suficientes, pero les alcanzaba para sobrevivir.

El pueblo se ha ido vaciando poco a poco desde hace tres años, puesto que de las 130 familias que lo habitaban sólo quedan 30.

María está por terminar de pagar el préstamo y espera que este año sí pueda enviar dinero para que sus hijos tengan qué comer y vestir, y puedan ir a la escuela. Mientras, Jaime, de 17 años, Vicente, de 12, y Bernardo, de 11, se las seguirán arreglando solos.

Nueva droga influyó en debacle

En 2016, en este pueblo lo que faltaban eran manos para recoger la cosecha de amapola. Tenían que salir a las comunidades vecinas a buscar trabajadores porque acá todos estaban ocupados: unos sembrando y los que no tenían dinero para invertir o tampoco tierras, se rentaban para limpiar, fertilizar, rallar o cosechar la goma.

“Mis tierras no son buenas, pero recuerdo que me iba de peón, terminaba en la siembra de uno y me iba a la de otro”, recuerda Abelardo, quien ahora es el secretario de comisario y representante de la escuela primaria ante el programa federal Escuela Nuestra.

De peón, afirma, ganaba hasta 150 pesos, pero había trabajo para él, su esposa y hasta para sus hijos. En los tiempos de cosecha, cada familia obtenía mínimo 600 pesos diarios.

Hubo un momento en que algunos pobladores sembraron amapola hasta tres veces al año: la demanda era mucha y constante. Juntaban entre todos hasta 30 kilogramos de goma al día en temporada de cosecha.

Llegaban hombres en camionetas por las flores. El trato era con un representante del pueblo, quien juntaba toda la goma. Unos pagaban por el kilogramo 15 mil pesos, otros, 17 mil, y en una ocasión lo pagaron a 20 mil pesos.

En el pueblo se recuerdan temporadas muy buenas, como en 2016, cuando Ricardo, un adolescente de 16 años, sembró solo media hectárea y cosechó 2 kilogramos.

Recuerda que ganó 30 mil pesos que compartió con sus papás y se compró ropa y un celular.

Pero el joven tiene otra anécdota que cuenta como hazaña: él, su hermano y su papá cosecharon 10 kilos. Se los pagaron a 17 mil pesos. Aunque reconoce que alguien más tiene el récord: un poblador cosechó 12 kilos en una temporada y se los pagaron a 17 mil pesos.

Esos tiempos se terminaron. En 2017 llegaron otra vez los hombres de Acapulco, Chilpancingo, Tlapa o Puebla. Les ofrecieron 7 mil pesos por kilogramo. Todos se negaron. La oferta apenas y les daba de ganancias mínimas.

Ese año nadie vendió, todos se quedaron con sus cosechas esperando a que un nuevo comprador les hiciera una mejor oferta, pero nunca llegó.

Guardaron casi un año las flores, hasta que se animaron a venderlas a 7 mil pesos, pero esta vez tuvieron que llevarla hasta Acapulco, corriendo el riesgo que eso implica.

En 2019 casi nadie sembró, la mayoría comenzó a huir.

“No sé qué pasó, se fue para abajo [la venta]. Ya no hay salida. No supimos por qué dejaron de venir [los compradores], la cosa es que la gente dejó de trabajar”, dice Abelardo.

Campesinos de la Sierra, donde los cultivos de amapola han disminuido, tienen una explicación para la baja del precio: la incursión de una droga sintética conocida como China White, elaborada a base de fentanillo —sustancia que ha superado la demanda de heroína, sobre todo en Estado Unidos.

En 2019 ocurrió algo que aceleró el éxodo: el gobierno federal asumió por primera vez la entrega de fertilizante gratuito y lo hizo con un retraso de hasta tres meses y de forma incompleta.

“La milpa no se dio, a mí no me alcanzó el fertilizante, fueron cuatro bultos. Yo sembré 2 hectáreas y me alcanzó para media”, dice.

Ahora Abelardo sale a buscar trabajo en las comunidades vecinas, sabe de electricidad, pero, dice, apenas alcanza a juntar unos 2 mil pesos al mes.

—Cuando no te alcanzan los 2 mil pesos, ¿cómo le haces?

—Pues me aguanto

—¿Y tus hijos?

—Pues se aguantan también, comemos pura tortilla.

Abelardo piensa irse de la comunidad. Ahora no puede, tiene una responsabilidad que le asignó el pueblo, y acá, las encomiendas se cumplen.

Tlapa, la opción

“Me llamó Jaime y también quisiera irme del pueblo, pero ahorita no puedo, estoy a cargo de mis hermanos menores: Vicente y Bernardo.

“Vivimos con mi abuelita, ella nos da de comer, pero no le alcanza. Me tengo que ir a la Tlapa a trabajar porque acá no hay chamba.

“Antes se trabajaba en la amapola, de albañiles, pero la mayoría se está yendo a Tlapa. Los que están allá es porque tienen familiares en Estados Unidos.

“Mi mamá dijo que nos vamos a ir a Tlapa, pero le dije que allá es más caro y luego mis hermanos no hablan español. Este año sembramos maíz y frijol, sembramos como unos 3 kilos de maíz, que son como 2 hectáreas.

“No sembramos amapola porque se ocupa mucho tiempo y tienes que sembrar mucho para que convenga, y la verdad sembramos poco. Cuando estaba mi jefa sí lo hacíamos, pero poco. A veces nos salía un kilo, que vendíamos a unos 12 o 15 mil pesos, dependiendo de a cuánto lo pagaban.

“No teníamos para pagar chalanes, nosotros tres y mi mamá éramos los que sembrábamos, pero cuando no sembrábamos nos íbamos todos de chalanes: mi jefa a la limpia de planta y nosotros a la rallada.

“Este año me tuve que ir a trabajar a Tlapa con mis hermanos porque no teníamos para comer. Mi mamá no nos ha dicho cuándo regresa, pero yo creo que va a ser en unos dos o tres años.

“¿Mi papá? No sé dónde está, nos dejó cuando yo tenía tres o cuatro años.

“¿Sí extraño a mi mamá? La verdad sí la necesito, estábamos más bien cuando ella estaba. Ahorita ya no siento tan pesado, ya he aprendido más cosas.

“Yo ya he vivido en Tlapa, allá estudié la secundaria. Quería estudiar la prepa, pero no me alcanzó la feria. Chambeaba y estudiaba, pero ni así me alcanzó. Trabajaba de chalán en tiendas, de cargador. Siento que le echaba ganas, pero ya no pude. Salía de trabajar y me iba a la escuela. Me pagaban por medio día 50 pesos, no me alcanzaba y pues me tuve que regresar para el pueblo”.

Los campesinos han pedido ayuda a los gobiernos federal y del estado, pero en muy pocos casos han obtenido una respuesta favorable.

En 2013, con el huracán comenzó todo

Este pueblo no siempre se dedicó a cosechar amapola. Es más, ésta no era su comunidad. En 2013, con la tormenta Manuel y el huracán Ingrid, la comunidad quedó desbastada, inhabitable. La lluvia desgarró el cerro que la rodeaba y la cubrió por completo.

Unos dejaron la pobreza y entraron en la miseria. Perdieron todo: casa, ropa, animales, trabajo y dinero. La mayoría tuvo que comenzar de nuevo. Una de esas familias es la de María y sus hijos.

“La tormenta por poco nos llevaba. Ese día salimos corriendo y luego, como a la media hora, se derrumbaron el cerro y mi casa. No pudimos sacar nada. La gente pensó que nos había llevado el agua, nos gritaban, pero nosotros quedamos del otro lado”, recuerda Jaime.

Ese día, el agua atravesó la casa, la dejó con un hoyo y se llevó las paredes.

Un año antes, en 2012, María había regresado de Estados Unidos con algo de dinero y en su casa, en su antiguo pueblo, montó un tienda de abarrotes.

Vendía refrescos, alimentos y frutas. Por un momento, su familia pensó que la vida le había sonreído.

“Allá estábamos bien, mi mamá ya había hecho una tienda, se había ido al gabacho y había regresado. Vendíamos casi de todo: refrescos, frutas, lo de una tienda, pero la lluvia nos dio en la madre”, dice Jaime con resignación.

Anduvieron meses como nómadas, viviendo bajo toldos, durmiendo casi en la tierra.

Hasta 2014 se asentaron en un lugar que les construyó el gobierno federal. Nada fue lo mismo: ahora viven en casas diminutas, sin patios, sin poder tener animales… en construcciones fuera de la cosmovisión de los pueblos originarios. “Desde entonces no nos podemos reponer, han sido años muy complicados”, dice Jaime.

Algo no cuadra

En la última década, Guerrero ha estado metido en una espiral de violencia brutal y las autoridades la han reducido a la disputa entre organizaciones criminales por el control de los cultivos, la producción, tráfico y comercialización de drogas, sobre todo, de la heroína, un derivado del opio.

La Montaña se mantuvo medianamente tranquila esta década, pese a que en sus pueblos no se dejó de cosechar amapola. Ahora que las comunidades se están despoblando porque no se siembra la flor, la zona pasa por su momento más violento: los asesinatos, desapariciones y secuestros son recurrentes. Algo no cuadra, dicen los pobladores.

En riesgo economía de pueblos en guerrero: vivían de la goma de opio; fentanilo desploma precio

Desde hace cinco décadas, para muchos pueblos de Guerrero la principal fuente de ingresos era la siembra de amapola, pero ahora su economía está en riesgo: el precio de la goma de opio cayó casi 80%.

De acuerdo con un estudio que realizó el Network of Researchers of International Affairs (Noria, por sus siglas en inglés) la baja en el precio se debió al aumento “exponencial del consumo” de fentanilo en Estados Unidos a partir de 2014.

El fentanilo es un opioide analgésico sintético, similar a la morfina, pero hasta 100 veces más potente. Se trata de un medicamento de prescripción y es típicamente usado para tratar a pacientes con dolor severo.

De acuerdo con el documento, “el furor causado por la potencia del producto se sobrepuso a su peligrosidad. Así, la mezcla de fentanilo con heroína se expandió, provocando una caída en el precio del kilo de heroína a partir de 2014, mientras que las sobredosis mortales pasaron de alrededor de 3 mil en 2013, a casi 30 mil en 2017.

“El producto está hoy relacionado con más de 60% del total de muertes por opioides en Estados Unidos, mientras que un estudio de la Universidad de Vancouver en 2018 demostró que 80% de la heroína vendida en la ciudad en realidad no contenía nada de esta sustancia. En cambio, casi todas las muestras contenían fentanilo”.

La caída del precio de la goma de opio ha provocado estragos en cientos de pueblos de Guerrero que tenían como sustento los cultivos de amapola. Comisarios y campesinos de la Sierra de Guerrero, donde se concentraba el mayor número de cultivos, explicaron que por lo menos unos mil 280 pueblos se dedicaban al cultivo de la flor, es decir, casi 50 mil habitantes vivían de esa producción.

Sin embargo, en Guerrero desde 2017 se registró la caída del precio. Desde entonces los campesinos han pedido ayuda, como la implementación del programa Sembrando Vida  para sustituir los cultivos ilegales por legales.

“La caída del precio de la goma de opio ha provocado estragos”. ESTUDIO REALIZADO POR EL NORIA.

La Montaña sigue esperando

Durante años los más pobres de La Montaña de Guerrero se dedicaron a la cosecha de amapola. Recibían hasta 20 mil pesos por cada kilo de goma de opio obtenido. Con esos recursos sobrevivían decenas de familias y se daban “ciertos lujos” como comprar un teléfono celular.

La situación actualmente es muy distinta. Si tienen suerte, les compran el kilo de goma de opio en un máximo de 7 mil pesos. El motivo, un producto químico –el fentanilo– desplazó a la goma como la sustancia principal para elaborar heroína.

Ahora, de 130 familias que habitaban la zona quedan 30. La pobreza las ha obligado a salir en busca de oportunidades.

En la situación que enfrentan hubo otro hecho que la agravó en 2019: autoridades federales asumieron la entrega de fertilizante gratuito y lo hizo con un retraso de hasta tres meses y de forma incompleta. Los campesinos afirman que eso afectó sus cosechas.

¿Qué opciones hay para quienes permanecen? Prácticamente ninguna a no ser el hambre y la desesperanza.

Por décadas, la cosecha de un cultivo ilegal fue el único modo de subsistencia en una de las regiones con más alta marginación del país. Según comisarios y campesinos de la Sierra de Guerrero, por lo menos unos mil 280 pueblos se dedicaban al cultivo de la flor; casi 50 mil habitantes vivían de esa producción.

Están conscientes de la situación de ilegalidad en que se encontraban, pero ante las alternativas que ellos planteaban, y que aún impulsan, han recibido escasa respuesta. En 2016, apostaron a legalizar los cultivos de amapola con el fin de que esa producción se destinara a la fabricación de medicamentos con morfina, esenciales para enfermos de cáncer. Realizaron marchas y foros, sin embargo todo quedó en una iniciativa que está guardada en el Senado.

La ayuda ha sido solicitada tanto al gobierno estatal como el federal: proyectos productivos, becas, escuelas, caminos, médicos y, últimamente, la implementación del programa Sembrando Vida para sustituir los cultivos ilegales por legales. Continúan esperando.

La región es conocida por su pobreza extrema. Las imágenes que hoy aparecen en las páginas de este diario dan cuenta de que es posible un agravamiento. De sus dirigentes han salido llamados y propuestas, pero su voz no se escucha. ¿Hasta cuándo?

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